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martes, 4 de noviembre de 2014

¿SOMOS 63, 63-64 o 63 y 64?


Era el día señalado, 30 de octubre de 2014 y (como pasa en El Cortes Inglés, cuando van a abrir por la mañana,  donde un buen rato antes ya se empieza a formar  la cola)  allí estábamos, en la puerta de la Sociedad de Plateros. Aún faltaban unos minutos para que dieran las ocho de la noche. La puntualidad de la Sociedad de Plateros espartana. Sin embargo, los abrazos no habían podido esperar y la alegría comenzó a derramarse por aquella calle de San Francisco, frente a la casa de nuestro amigo Andrés Luna, la de siempre, aunque con algún retoque. (Fijaos la coincidencia: si ponemos las iniciales de la Sociedad de Plateros, S.P. ¿nos os viene a la memoria nuestro equipo de futbol del Seminario, cuando estábamos ya en Córdoba? Pues a   partir de aquí lo designaré S.P.)

También nosotros éramos los mismos, aunque con algún otro retoque,  porque desde aquel instante, bueno yo creo que desde que salíamos de casa para la reunión, nuestros sentimientos se retrotraían al año 1963 y 1964.

Hago ahora un paréntesis. Terminada la reunión, llegué a casa, a eso de la una de la madrugada. Un impulso me incitaba a escribir algo en el Facebook. Como dice una amiga mía escritora, no se han de dejarse pasar esos momentos, porque de lo contrario se perderán  las ideas y luego será difícil recuperarlas. Y más a mí, que mi neurona no da para mucho. Sin perder un momento me puse delante del ordenador y fluyeron las palabras. Puede parecer que lo que escribí no reflejara los momentos que allí se vivieron pero sólo trataba de plasmar, en un pequeñín de los años 63, a todos los demás aquellos cursos del 63 y 64, que aunque pequeños también, fuimos catalogados como medianos o mayores (sólo en estatura) estuvimos respirando los mismos sueños que se entrecruzaban  en aquel seminario de Hornachuelos.

Pues bien, con esa vestimenta de niños pequeños entramos en el lugar acordado. Aún tardamos en sentarnos porque resultaba difícil desprenderse de la conversación iniciada en las afueras del local. Paco Moreno, Diego y yo suspendimos la conversación que llevábamos entre manos. Poco a poco fuimos tomando sitio hasta que las copas de vino dieron la bienvenida, por primera vez, a nuestra Vicaria, emblema de nuestra unión, que tan magistralmente ha dejado para la historia nuestro compañero Rafael Vilas, al que volvimos loco con nuestras sugerencias.  Andrés Luna parecía un niño con zapatos nuevos cuando le pusimos la camiseta (confeccionada artesanalmente) blanca, con la insignia de la Vicaria. Paco Moreno se colocó a su lado,  luciendo “terna de chaleco blanco leche, pantalón vaquero azul despintado y camiseta roja que apenas dejaba verse” (esto me ha salido muy torero) Una vez hechos los honores y sin abandonar el centro de atención dejó caer su chalequilla lechosa y dejo entrever su impecable e impoluta camiseta roja donde figuraban en la parte delantera superior izquierda la insignia, en pequeño, de la Vicaria y en la espalda una que ocupaba casi toda ella. Al  unísono, y a los gritos  de ¡guapo, guapo! volvieron a sonar los chasquidos de los flases. Fue un momento emocionante y a la vez radiante. (El pobre Paco Moreno tuvo que estar con su chaqueta puesta hasta que Andrés no se colocara la camiseta blanca con la insignia, ya que no quería estropear el momento. Menos mal que dentro no hacía mucho calor. Fue un detalle por su parte)

Andrés Luna quedó a su vez más maravillado y mirando a la blanca y a la roja, me dijo sigilosamente:


-Tocayo, esa me gusta más que la blanca, ¿a ver dónde se la apañao? Yo quiero una.

Efectivamente, la roja estaba mejor que la blanca.  Había sido confeccionada “con bordados de oro y plata”, o séase, que estaba hecha profesionalmente y por lo tanto molaba más. Así empezó a debatirse la conveniencia o no de que se hicieran más camisetas para que todos las luciéramos por igual y mejor. El caso es que, al final, creo que no llegamos a  un acuerdo, pero la verdad es que yo quiero también una.

Nuevamente volvimos a disfrutar, intercambiando momentos vitales que se nos venían a la mente.

En un momento concreto me quedé solo observando al grupo: si cuando venía de “mear”, que después de tanto beber se requiere algún momento de intimidad. La secuencia de aquella situación (no la mia sino la del grupo, pillines) era digna de ser contemplada. Todos gritando, contando sus cosas de manera atropellada, como si el tiempo fuera a acabarse de un momento a otro. Pero sobre todo, por esa sonrisa que se entretejía en  los rostros de los presentes. Allí había algo más que voces e historias. Se palpaba el cariño y la bondad con la que cada uno se mostraba. Allí había hermanamiento por doquier, porque si bien las paredes y techos del Seminario de Hornachuelos estaban demolidos, en nuestro corazón seguían intactos ya que intactos seguían siendo nuestros recuerdos y el lazo de unión que allí se forjó. A pesar del tiempo transcurrido parecía como si nunca hubiéramos estado separados. Estaban presentes en aquella reunión todos los ausentes, se les sentía tan reales que casi se palpaban. Fue también en ese instante, cuando se me vinieron a la cabeza las palabras, inconclusas, de Diego y Paco Moreno, con la que habíamos entrado al bar:

-Insisto –dijo Diego- ha de quedar claro en la insignia de la Vicaria que somos y ha de referirse a los dos cursos. Los del 63-64 y los del 64-65.

-Pero mira Diego – enfatizó Paco Moreno- cuando Rafael Vilas modificó esas fechas las puso con números romanos para que así quedara claro que se trataba de los dos cursos, de ahí lo de LXIII – LXIV

La escena que allí observé dejó clara esta cuestión ¿acaso no estabamos demostrando que lo surgido durante aquellos años era algo que no puede separarse? Que las vivencias allí  surgidas ¿no estaban  interrelacionas y no podían desconectarse? Pues tomemos a la Vicaria como referencia de aquellos cursos. Que viva muchos años entre nosotros y sigamos viéndonos por siempre. ¡NO SOMOS DOS CURSOS, SOMOS TODOS EN UNO DONDE CABE QUIENQUIERA!

Una vez cerradas las puerta de la S.P. aún permanecimos un buen rato. Al parecer no habíamos tenido bastante. Volvimos a inmortalizar el acto con otra andanada de fotos y para no asustar al gran silencio de la calle San Francisco que nosotros habíamos alterado, nos retiramos a casa, con la ilusión de volver a encontrarnos de nuevo.

 Andrés Osado Gracia


Córdoba, 30 de octubre de 2014

                                                                                                                   



5 comentarios:

  1. ¡Qué gran grupo, que grandes compañeros! El tiempo no ha podido con nuestra amistad y aunque lejos, os llevo en el corazón. Gracias Andrés por evocar aquellos años tan maravillosos que nos marcaron para toda la vida creando un lazo de hermandad indeleble. Un abrazo Paco Polo

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  2. Andrés Osado, en hora buena, gran descripción de las horas que compartimos en nuestro VI encuentro de S.P. Qué alegría poder expresarse de esa forma. !!vaya lujo de detalles!!. Me has dejao pasmao, no se te ha quedao nada atrás. Lo leo vuelvo a revivir esos momentos como si estuviéramos juntos otra vez. Te has fijado en todo. Gracias por lo que a mi respecta, ya que has tenido bonitas palabras plasmadas desde una verdadera amistad. Guardaré este comentario tuyo en lo mas adentro.
    Gracias.
    Paco Moreno Osuna.

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  3. Andrés, amigo-hermano, gracias por esta crónica llena de detalles íntimos por la que, los que no tuvimos la suerte de compartir mesas y mantel con vosotros, hemos podido, gracias a ti, estar presentes y disfrutar con vosotros. Un fraternal abrazo.
    Rafa Vilas
    Móstoles, 5 de noviembre de 2014

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  4. Andrés, qué bien has narrado todo lo que sentimos y llevamos dentro desde hace 50 años. Gracias por compartirlo con todos. Un abrazo.

    Antonio Estepa

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  5. En hora buena D. Francisco Solano, buenas crónicas y bien detalladas.

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