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miércoles, 10 de febrero de 2016

EXPERIENCIAS INFANTILES por Manuel Jurado Caballero

CON UN PIE Y MEDIO FUERA………DEL  SEMINARIO

Vista del seminario desde el Bembézar
La motivación para escribir este relato surgió de la conversación mantenida con Rafael Raya y su esposa Elena, en su corta estancia en Móstoles, de camino para el aeropuerto de Barajas con destino a Ucrania.
Felicité a Rafael por su sincero escrito en el blog y por contar los hechos ocurridos en Mayo de 1965 que acabaron con sus ilusiones de seminarista y su regreso a casa de muy mala manera para él y para su familia.
Recuerdo perfectamente todo lo ocurrido. Posteriormente se nos dijo (no sé cuánto tiempo transcurrió) que el alumno que había pintado en los retretes ya estaba fuera del Seminario, que lo habían expulsado, pero sin dar el nombre. Y como en aquella época había compañeros que no acababan el curso, por reiterada mala conducta, por falta de vocación, etc. etc. No podíamos identificar con certeza, a la persona expulsada. Y en realidad a los curas esto les daba igual, lo importante era el hecho del castigo y que había un claro objetivo ejemplarizante, para que nunca más a nadie se le ocurriera hacer algo parecido.
Animé a Rafael Raya a que continuase con su relato, tal como prometió, pero me dijo que antes quería comprobar que otros compañeros contasen más vivencias de aquellos primeros años. Fue así como me animé a escribir sobre algunos de mis recuerdos del paso por Sta. Mª. de los Ángeles.
Enclave del seminario
En mi primer año, curso 64-65, habíamos entrado 131 seminaristas. Yo tenía  11 años, éramos los más pequeños, siempre al amparo y buen consejo de nuestros compañeros mayores del curso 63-64. A modo de escueto balance de ese primer año, puedo contar que sentía una gran ilusión por estar en el Seminario, era una gran oportunidad de seguir estudiando y sabía que otros chicos de mi pueblo no la tenían. También era ilusionante participar en todas las novedades que tenia la vida en convivencia con tantos compañeros aunque lejos de nuestras familias. El balance fue positivo. Había sacado buenas notas, casi todas notables y no había suspendido ningún parcial. Era uno más de aquellos del montón, de los que nunca hacen ruido, de los obedientes, en fin me fui satisfecho de vacaciones después de ese interminable semestre, que iba de Enero a Junio de un tirón, roto tan sólo por el día de convivencia con nuestras familias, que venían a vernos a principios de primavera. Inolvidables recuerdos aquellos.
En el segundo curso 65-66, ya no estaban nuestros compañeros mayores, que después de 2 años en Hornachuelos, iniciaban una nueva andadura en Córdoba, en San Pelagio. Ahora éramos nosotros los mayores. En total 123 alumnos de los 131 que comenzamos en primero. Ahora los pequeños eran una nueva hornada de 91 seminaristas que venían  con todas sus ilusiones intactas.
De pie:Tomás Madueño, José del Valle, Manuel R. Muñoz
y Antonio Moyano.
Arrodillados: José Castro Navas y Manuel Jurado Caballero
Tenía 12 años y el inicio del nuevo curso se presentaba ilusionante, pues además estrenaba mi primer cargo, me habían nombrado jefe  de mi dormitorio. Lo único malo es que mi cama era la primera, junto a los servicios. Por las noches las cisternas rotas eran ruidosísimas, y no dejaban de gotear agua. Dormir se transformó en una pesadilla continua, con la oscuridad y aquéllos ruidos me llenaban la mente de monstruos, infierno, purgatorio y si alguna “ánima” venía a buscar a alguien para llevárselo al más allá….el primero que estaba allí era yo. Eran tantos los miedos y temores que en sus charlas nos metían en la cabeza, que no fui capaz de estar a oscuras en ningún sitio solo, por lo menos hasta los 15 ó 16 años.
Recuerdo que una noche ya de madrugada, desesperado por no poder dormir a causa del miedo, me levanté y me fui hacia la cama que en mitad del dormitorio ocupaba Antonio Roldán García. Despertándolo suavemente le dije: “No puedo más… Ayúdame“. Me dice: “De acuerdo, pero aquí no nos podemos acostar los dos. Imagínate que alguno nos ve y luego va y se chiva… seguro que nos expulsan a los dos”. Le contesté: “Ya  sé Antonio, pero yo lo único que quiero es quedarme aquí al lado de tu cama, mientras se me pasa el miedo”.
Un dormitorio
Cada 15 días los jefes de dormitorio ordenábamos las “talegas” con la ropa sucia y las que llegaban con la ropa limpia. Muchas de ellas  con alimentos que nos enviaban nuestras madres. El cura nos decía que teníamos que registrar todas las talegas y las que tenías comida, retirarla, pues estaba prohibido recibir comida. Yo nunca lo hice y creo que los demás jefes de otros dormitorios tampoco. Aunque puede que hubiese algún caso, sería anecdótico. Sin embargo teníamos la ventaja de saber antes que nadie, a qué compañeros les mandaban comida.
Recuerdo que a mi amigo Manuel (nombre figurado), le mandaron una tableta de rico chocolate. Al día siguiente no pude evitar la tentación y le quité de la taquilla 3 onzas de aquel chocolate. Después me entró remordimientos de conciencia y sólo me pude comer una, las otras 2 se quedaron en mi bolsillo del  babi. Los hechos  se precipitaron porque a Manuel le faltó tiempo para ir con el cuento al cura, por más señas Don José Delgado. Sin tregua alguna me abordó en el patio, en el primer recreo que tuvimos. Desde luego lo pasé fatal. Fui sincero y le reconocí que había sido yo. Le devolví  las dos onzas de chocolate que no había sido capaz de comerme y le pedí que me perdonara.
No hubo misericordia, inmediatamente me destituyó como jefe de dormitorio y me puso un 4 en conducta aquel mes, con el consiguiente escarnio público a la hora de leer las notas ante todos los compañeros en el estudio, como había por costumbre. Con todo, lo peor es que quedé para siempre marcado. No volví a tener  nunca ningún cargo, nada de nada. No me nombraron nunca ni  por equivocación ni para recoger los balones del patio. Lo único positivo que saqué es que me cambiaron de la primera cama a otra, que estaba en el centro del dormitorio, dando al patio. El final del ruido de los servicios fue un descanso impagable para mí.
Un día de invierno
Aquellos tristes hechos en el primer trimestre de 1965, significaron un antes y un después en el devenir del resto del curso y en algunas cosas hasta muchos años después. Pero en lo inmediato fue que la relación con Don José se transformó en muy mala para mí.
En los primeros días de Enero de 1966, (han transcurrido 50 años justos, ¡qué barbaridad!), nos incorporábamos de nuevo al curso. Atrás quedaban las hogareñas Fiestas de Navidad y los regalos de Reyes. De pronto nos encontrábamos con la dura realidad. Todos llegábamos tristes sabiendo  además que nos esperaban casi 6 meses por delante, hasta que llegasen nuevamente las vacaciones de verano. El panorama era duro, duro de verdad y costaba mucho empezar de nuevo. Rápidamente la rutina del día a día comenzaba a instalarse en nuestras vidas.
Como éramos   los mayores, nos levantábamos a la 7,10, los pequeños se levantaban 35 minutos más tarde. Nos poníamos la sotana y como todos los días teníamos media hora de oración-meditación y a continuación Santa Misa. Después aseo en el dormitorio para quitarnos la sotana y ponernos el babi de faena. A continuación 35 minutos de estudio en ayunas y a las 9,30, todos juntos al desayuno. Era la mejor comida del día. En aquellos años me hubiera gustado desayunar tres veces al día, en vez de comida y cena. Esa mantequilla untada en el pan y el café calentito, era un manjar para nosotros.
Entrabamos en el comedor, en dos filas, en silencio y nos íbamos colocando delante de nuestro asiento asignado. Cuando habían entrado todos, daban la señal, nos sentábamos y empezábamos a hablar. La mantequilla ya estaba puesta en la mesa, a cada uno en su plato. Todos íbamos con la vista comparando a quién le había tocado el trozo más grande. Como casi todos los días, el más grande era el mío. El personal se empezó a mosquear. Alguno quería adelantarse en la fila para llegar el primero a la mesa y rápidamente  hacerme el “cambiazo” de plato. Algunas veces lo consiguieron aunque procuraba andarme más listo. Estaba claro que aquello tendría un final más pronto que tarde. Se dieron cuenta que podría estar relacionado con un trozo de papel  de plata que yo tenía siempre puesto, debajo del plástico transparente de la mesa.
Al día siguiente tres o cuatro compañeros me habían imitado y habían puesto otro trozo de papel  y efectivamente  sus raciones de mantequilla eran también las más grandes. La explicación a tal suceso era que yo tenía dos paisanas trabajando en la cocina. Dentro de sus posibilidades me querían favorecer de alguna manera. La señal de donde me sentaba era el trozo de papel de plata. Lógicamente tuve que hablar con ellas y decirles que el truco se había descubierto, que ya no volvería a poner ninguna señal y que no hicieran caso de los muchos papeles que ya entonces había en muchas mesas.
Es una pequeña anécdota que quería compartir con vosotros. De las comidas no voy a repetir lo que muchos de vosotros habéis contado. Sólo diré que no he vuelto a comer mortadela en mi vida, que odio la morcilla negra y que los bolsillos del babi los tenia siempre llenos de manchones.
Los campos de fútbol en el llano del pozo 
En estos primeros días de Enero la tristeza me invadía, nos decían que estábamos con “murria” y era una palabra maldita que nadie quería pronunciar para describir su estado de ánimo. Por aquel  entonces las relaciones con Don José iban cada vez a peor. Estaba tan desesperado que alguna vez cuando  estábamos en los campos de futbol, me daban ganas de salir corriendo, a escondidas, hasta Hornachuelos y marcharme a mi casa. Pero que va, era un cobarde. Recuerdo que alguien lo intentó y lo localizaron en la carretera o cerca de algún pueblo.
Tendré siempre en mi retina, la imagen de Don José entrando en el patio de recreo, con su silbato enganchado en una cadena y girándolo sin cesar sobre su dedo, hacia la derecha y luego en sentido inverso… Mientras los 5 ó 6  “pelotas” de turno se acercaban a su alrededor, como para enterarse los primeros de las cosas y novedades del día. En ese mismo momento, mi único objetivo era situarme lo más lejos de él y fuera de su ángulo de visión, que no me pudiera ver, porque en caso contrario seguro que alguna “graciosada” me diría.
Recuerdo que un día como siempre, habíamos formado filas en el patio y nos dirigíamos al comedor. Yo iba en la fila izquierda y la altura de la puerta de la capilla, me había salido como 40 centímetros  hacia dentro. Desde lejos, a voces me dijo: “El mismo tonto de siempre, inútil, métete en tu sitio“. En ese momento llegué a la conclusión que me había tomado manía. En este segundo curso, sólo me daba la asignatura de Ciencias, pero me lo hacía pasar mal cuando me preguntaba en clase y con las bajas notas en los exámenes.
Llegado a esta situación y no pudiendo aguantar más, tomé la decisión de pedir cita con el Rector Don Gaspar Bustos. Me llamó a su enorme despacho y allí tuve la valentía de contarle todo lo que me estaba pasando. Suponía que podía haber represalias en cuanto Don José se enterase, pero para evitarlo, ya había tomado la decisión más importante hasta esos momentos. Había decidido marcharme del Seminario. Así se lo dije y por más que insistió para que me diese un tiempo y meditarlo mejor, mi decisión era firme. Lo único que tendría que hacer es avisar a mi familia para que viniesen a buscarme o que ellos me llevasen a Córdoba que luego yo era capaz de llegar hasta mi pueblo.
Entrada de servicio
Me dijo que conforme, pero me encargó que escribiera yo una carta a mi familia, contándoles mi decisión y que en cuestión de pocos días, cuando recibiese la respuesta sin ningún problema me marcharía.
Escribí la carta y aunque sabía que tendría que pasar el consiguiente filtro, pero es que ese era el único medio para informar a los míos, de acuerdo  con la orden que me había dado el Rector. No obstante aquella misma semana, junto con la ropa sucia, mandé otra carta a mi casa, con los mismos argumentos y repitiendo punto por punto, lo que ya les había contado por correo ordinario. Me contestaron también con otra carta junto a la ropa limpia. Aparte del disgusto que les di y decirme que lo pensase bien, me animaron a que tomase la decisión que fuese mejor para mí.
Transcurrieron 15 ó 20 días y para entonces ya había tenido un par de charlas con mi paisano Don Moisés que además era nuestro padre espiritual. Él quería a toda costa que me quedara en el Seminario. Finalmente me convenció para que probase durante un mes y ver cómo iban evolucionando las cosas.
Me sorprendí al comprobar que la conducta de Don José hacia mi cambiaba radicalmente. Esto me llevó con el paso de los días, a que poco a poco me fuese animando. Al mes volví al despacho de Don Gaspar y le dije que, de momento no me marcharía. Creo que le di una buena noticia y me lo quiso agradecer diciéndome: “¿Te acuerdas de la carta que te pedí que escribieras a tu familia?, pues ellos no se han enterado de nada de lo que ha pasado aquí. La carta nunca se mandó al correo. Aquí está, como premio te la devuelvo”.
Me quedé petrificado, sin saber qué decir tomé la carta y abandoné el despacho.
Los siguientes días en mi cabeza no dejaba de darle vueltas a los acontecimientos. Pero de alguna manera ya me había dado cuenta que tenía que tirar para adelante y en este caso la rutina y las obligaciones hicieron el resto.
Como es lógico, a consecuencia de todos aquellos problemas, mi nivel de estudio y concentración bajó considerablemente y conocí mis primeros suspensos en los parciales mensuales. Pero  al final saqué adelante el 2º curso, con todas las asignaturas aprobadas en los exámenes finales, tanto escritos como orales.
Fue el curso más triste y amargo de los cuatro que pasé en los Ángeles. Ahora creo que éramos niños de 11 ó 12 años, que estábamos lejos de nuestras casas, internos en mitad del campo, muy alejados del contacto con la gente y totalmente faltos de cariño. No quiero decir que los curas tuviesen que hacer el papel de nuestras madres, pero al menos darnos un mejor trato y no agrandar las diferencias entre unos pocos y los demás.
Es verdad que hubo algunos castigos físicos, algunos tortazos, uno de ellos con graves consecuencias para Paco Moreno. Nos castigaban por hablar cuando no se debía, de rodillas con los brazos en cruz, pero todo esto en nada era comparable con el maltrato físico grave que yo había conocido en mi infancia, en las escuelas del pueblo por cuenta de nuestros maestros, eso sí era pegar.
Desde la ventana
A mi entender era más un castigo psicológico. Empezando por la forma de enseñarnos la religión y el mensaje cristiano en aquellos años. Esos ejercicios espirituales en los que nos proyectaban diapositivas  de almas ardiendo en el infierno o en el purgatorio penando eternamente sus culpas. Todo era pecado, no podías pensar en nada. Había un miedo terrible al demonio y todo esto nos creaba unos  graves problemas de conciencia.
Era también castigo psicológico, que por pequeñas faltas de disciplina, sufrías el escarnio público de las malas notas en conducta, que nos leían de uno en uno, a modo ejemplarizante, pero de dudoso estimulo para intentar ser mejores por el convencimiento. Que por tonterías te castigasen sin poder  ir a la piscina, que sufrías más internamente de saber que los demás se lo estaban pasando muy bien y tú no. O que nos castigasen sin recreo o sin paseo.
Era también castigo psicológico, que  en los primeros días te ponían un “mote” o “etiqueta” que ya nunca te podías quitar de encima, quedabas marcado para toda tu estancia en el centro: “el tonto de siempre”, “el bobo solemne”, “el gafotas”, “el lumbreras”,  “el afeminao”… Y que como niños luego nosotros éramos crueles con nuestros propios compañeros.
En fin un rosario de pequeñas cosas, dignas todas ellas de un estudio psicológico. Quizás  ahora nos parecen tonterías pero en aquellos primeros años eran cosas muy importantes dentro de nuestras pequeñas vidas y que llegarían a formar parte de nuestra personalidad.
Nada más y gracias a los que habéis leído mi relato. Gracias por formar parte de este grupo y gracias por querer compartir aquellas vivencias que de alguna manera están dormidas en nuestra mente. Os animo a que contéis anécdotas y experiencias propias.

Manolo Jurado

Febrero de 2016


21 comentarios:

  1. Maravilloso relato Manolo, real y verídico todo lo que cuentas. Andrés Luna

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  2. Manolo Jurado, fenomenal tu relato. Enhorabuena. Me ha gustado mucho. Has logrado que una vez más pasemos un buen rato de nuestra niñez en el presente. Un fuerte abrazo.

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    1. ¿Tu segundo apellido era Medrán, verdad?
      ¡Hola, Colega cronista!

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  3. Manolo,os envidio a los que sabeis plasmar en un buen relato vuestras vivencias en el seminario.
    Yo como tu sabes pasé tambien muy desagradables y tristes momentos, solamente aliviados por otros buenos momentos pero que no pude soportar más estándo haciendo 4° en San Pelagio y que al igual que tú decidí marcarme,

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  4. Muy buen relato amigo Manolo, fotos entrañables mi enhorabuena

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  5. Papa me he conmovido y emocionado al leer las vivencias de tu niñez, imagino ese niño y se me estremece el corazón, gracias a dios tú nos has criado con valores y con muchísimo amor,el mismo que hoy en día le das a tus nietos, ojalá hubiera podido abrazar a ese niño que no podía dormir por sus miedos!! Te quiero

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  6. Antonio Estepa Romero10 de febrero de 2016, 16:25

    Gracias, Manuel, por compartir tus vivencias. Has hecho que recuerde aquellos tiempos tan intensos. Lo bueno de todo aquello ha sido el poso de compañerismo y amistad que nos une después de 50 años. Has plasmado perfectamente tus experiencias.¡Enhorabuena! Un abrazo muy fuerte.

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  7. Gracias por compartir tus vivencias con nosotros. Yo ya compartí una y estoy en el intento de continuar, para implementar los recuerdos que cada uno tenemod

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  8. Me ha emocionado, Manuel, el comentario que ha hecho tu hijo. Se nota el cariño a flor de piel. Pero le diré a tu hijo que, pese a las tribulaciones que todos pasamos en aquellos duros años,más que nada fruto del desarraigo familiar a una edad tan tierna, yo recuerdo a un chaval, Manuel Jurado Caballero, algo atolondrado y muy, muy despistado. Pero feliz. Todos pasamos miedos nocturnos, yo me rezaba todas las jaculatorias aprendidas de mi abuela hasta que me vencía el sueño, todos recibimos algunos castigos que se nos antojaron -y que eran- injustos; todos fuimos, de alguna manera maltratados psicológicamente; unos más que otros, es verdad. Yo era -cierto- de esos niños buenos y obedientes que sacaba unas notas excelentes y que no me metía en líos, es verdad. Es posible que tuviese un mejor miramiento por parte de los curas. Sinceramente, no recuerdo ninguna putada, así malintencionada. Por otra parte, consideremos que eran otros tiempos, otros modelos didácticos y que posiblemente sufrimos en parte la frustración de unos curas "castigados" en aquel encierro, siendo tan jóvenes y teniendo otras expectativas más halagüeñas. No sé...
    Tal como yo lo veo, creo que la experiencia global fue positiva para la mayoría de nosotros. De otra manera no sería comprensible que después de 50 años sigamos sintiendo cosquilleo nostálgico recordando aquellos hechos y aquellos parajes.

    Un abrazo muy sentido para Manuel y para toda su familia.

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    1. Hola José Maria, gracias por tus palabras. Tú eras un chico afortunado.A muchos nos hubiera gustado ser como tú, extrovertido,inteligente y encima jugando de cine al fútbol...jajaja
      Comparto casi totalmente tu opinión pero no todo fue de color de rosa,hubo compañeros que lo pasaron mal y muchos perdieron la única oportunidad que tenían para estudiar y ser alguien en la vida.
      Quiero aclarar, que la que ha escrito el comentario lleno de amor, es mi segunda hija Rocío, ella tiene un carácter muy especial.
      Recibe un cordial abrazo y espero que te recuperes pronto.

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  9. Un relato con la frescura de un alma noble y sencilla.
    Manolo he caminado de tu mano por un mundo lleno de infantiles recuerdos y los he revivido emocionado.
    Gracias amigo-hermano
    Rafa Vilas

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  10. Gracias Manuel por tu escrito, al leerlo me ha venido a la memoria una anécdota ocurrida en ese mismo dormitorio y probablemente en la cama que está detrás de vosotros, porque he creído identificar a Marin Palomares entre esos chicos y él era vecino mio de dormitorio. Una noche que llovía bastante empezó a caer encima de mi cabeza una gotera, después de aguantar un rato se me ocurrió mover la cama hacia las ventanas, para no seguir mojándome, en estas apareció un cura, creo que era Pedro Antonio y me ordenó volver la cama a su sitio, todo esto después de explicarle yo que me estaba mojando, cuando se fue tuve que volví a mover la cama hacia un lado, para evitar una segunda reprimenda. A los días me mudaron a las filas del otro lado del dormitorio y el mismo "educador" cogió por costumbre, cada vez que pasaba por las noches haciendo la ronda, enfocarme con la linterna a los ojos cuando pasaba, por lo visto se aburría el hombre, recuerdo que me cogió, es mas justo decir que nos cogimos, una cierta tirria mutua.
    Un abrazo Manuel.

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  11. Sr.Manuel Jurado, el comentario ha sido enorme y magnífico en todos los sentidos, nos hemos encontrado delante de nosotros aquellos años con las vivencias reales de unos críos de entre 11 y 16 años, repartidos entre cuatro cursos. Un total de unos 250 de media.
    Es normal que hubiera roces y traumas, algo que a esa edad en muchachos venidos de todos los pueblos de la provincia deja un rastro indeleble y para toda la vida.
    Y este es el mejor ejemplo, pues nos reencontramos después de los 50 años pasados otra vez rememorando aquella etapa de nuestras vidas.
    No obstante y desde mi opinión, para la gran mayoría de los que tuvimos la suerte de pasar por el seminario de Hornachuelos, aquel centro nos significó una oportunidad única de acceder en un régimen de internado a un nivel de enseñanza alto y exclusivo.
    Para mí fue beneficioso incluidos los profesores, aunque alguno de ellos tuvieran aquellas actitudes un poco chulescas con los alumnos.
    Yo entré en el curso 66/67, aunque un poco mayor que el resto, allí completé el bachillerato y pasé a S. Pelagio.
    También recuerdo no obstante el detalle de la cadenita de D. José, pero que en mi caso no llegué a sufrir.
    Mis felicitaciones por el relato y el valor de exponer el sufrimiento desapercibido por algunos, que sin embargo se sintió por otros en aquel centro,compañeros que teníamos al lado cada día y que nos veíamos como si tal cosa.

    Un fuerte abrazo.
    Juan Martín

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    1. Hola Juan Martín. Supongo que tu segundo apellido es Santiago , de Alcolea, estoy en lo cierto? Si es así, coincidimos en San Pelagio, pero me tienes que disculpar, pues pasado este tiempo, ahora mismo no te puedo poner cara.
      Te agradezco tu comentario y me alegro que el saldo de tu estancia en el Seminario fuera positiva, la mía también lo fue y creo que para todos los que llegamos hasta 6º o Preu.Lamento sin embargo la de aquellos compañeros, sobre todo en 1º,2º o 3º, los expulsaron o se tuvieron que ir por tonterias, y ya no tuvieron la oportunidad de seguir estudiando.
      En el curso 66-67 ya empezaron a cambiar algunas cosas.Si mal no recuerdo, no usábamos la sotana diariamente, sólo los domingos y días de fiesta. Empezaron a venir profesores seglares de apoyo para las asignaturas de Ciencias y fue el primer curso que tuvimos vacaciones de Semana Santa, con tres trimestres naturales y todo era mejor en general.
      Recibe un cordial saludo.
      Manolo Jurado.

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  12. Manuel has acertado de pleno, Santiago es mi segundo apellido y por aquel entonces mi familia vivía en Alcolea.
    Compañero no te puedes imaginar la satisfacción que representa al cabo de los años, el poder ver imágenes de aquella época y recoger opiniones de compañeros con los que conviví.
    Un día buscando datos sobre el seminario para reseñar en un librito que escribo, sobre los lugares en los que he estado y las vivencias que he tenido, encontré este Blog abierto por los compañeros de los años 1965, y en el que desde entonces entro para intercambiar algunas impresiones y recuerdos.
    Un foro en el que veo que cada día participamos compañeros de aquellos años de nuestra juventud.

    Un Abrazo.
    Juan Martín

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    1. Hola de nuevo Juan. Me alegra saber que estás preparando un librito de recuerdos,ojalá lo veamos pronto publicado en este blog.
      Aprovecho para decirte que estamos recopilando fotos de aquellos años. nos interesaría mucho recuperar las efemérides desde tu curso 1966 hasta 1970. Si aún las conservas o puedes conseguirlas de otros compañeros, sería para escanearlas. En este caso ya te mandaría el enlace de la persona que se está encargando de hacer los archivos.
      Pronto verás publicado en el blog, el anuncio del próximo encuentro, que hace el número 23, que este año se celebrará en Baena.
      Creo que estás en el sitio correcto, donde encontrarás a muchos locos, que después de más de 50 años, muchos de ellos jubilados, seguimos nostálgicos de aquellos maravillosos años bajo el manto protector de nuestra madre Stª. Mª. de los Ángeles.

      Un abrazo para ti.
      Manolo Jurado

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  13. Manuel supongo que esa tarea de recopilación a nivel personal es ardua y difícil dado el tiempo transcurrido, y los cambios que todo el mundo hemos tenido a lo largo de nuestras vidas.
    Yo solo conservo algunas fotos de aquella época.
    Se me ocurre sin embargo, que los archivos de toda la documentación de aquellos años en Sta. María de los Ángeles los deben tener guardados en el seminario de S. Pelagio, o en el Obispado de Córdoba.
    A donde se podría intentar acudir aportando como razón y desde el respeto, el interés de los antiguos alumnos de este foro por rememorar aquel período de tiempo tan querido y recordado.

    Un abrazo.
    Juan Martín

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  14. Amigo Manolo:
    Gracias por desvelarnos o mejor dicho, refrescarnos la memoria con aquellos años de infancia. Momentos aquellos tan felices y de los que das cuenta de una manera magistral.
    Un fuerte abrazo
    Andrés Osado

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  15. Aún me estoy sonriendo con tu narración, Manuel. Una leve sonrisa irónica e intelectual se me viene a la boca.
    Te prometo que escribiré algún día sobre los terrores nocturnos y especialmente con la súplica de ayuda que me hiciste.
    Muchas veces, a lo largo de mi vida, he recordado aquella situación. Somo hijos de nuestra época y de las coordenadas espacio-histórico-temporales en las que nos tocó vivir.
    Gracias por haberme hecho conocedor de la existencia de este blog.
    Un cordial abrazo.
    Antonio Roldán.

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  16. Gracias a ti Antonio por leerme. Me gustaría tener la pluma fácil que tenéis muchos de vosotros, a mi me cuesta un esfuerzo enorme poder expresar mis sentimientos, no encuentro las palabras ni el verbo adecuado....pero en fin pienso que al final son esos sentimientos lo más importante de este mundo.
    Ha sido una enorme alegría volver a reencontrarte después de 45 años. Aunque nunca te fuiste de mi mente, por los sucesos de aquella fatídica noche y por los siete años que conté con tu amistad. Espero que tengamos la oportunidad de vernos y sobre todo que a partir de ahora este contacto continúe hasta el final de nuestros días.
    Recibe un cordial abrazo.
    Manolo Jurado.

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