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miércoles, 30 de marzo de 2016

El valor de los ejercicios espirituales

En la línea felizmente iniciada por el "Niño de los Ángeles" de rememorar para todos hechos y anécdotas de aquellos tiempos felices, hoy quiero relataros un acontecimiento que pudo ser serio pero que finalmente quedó sólo en una escaramuza.

Los protagonistas fuimos José Antonio Mérida Montoro ( a quien Dios seguro tiene en su gloria) y un servidor.

La cosa debió de ocurrir en la primavera del 65 durante uno de aquellos memorables partidos de fútbol en el campo grande. Un partido de tantos, que no era de Sierra-Campiña, ni nos jugábamos otra cosa que la honrilla.

Ya sabéis de sobra cómo era el Mérida, un muchacho atlético, fuerte, de patricia belleza, bien proporcionado y duro de roer. Era mi modelo de aquello del mens sana in córpore sano. Su flequillo trigueño y su mirada azul clara, sin embargo, endulzaban un mucho su sobriedad en el semblante. Pero, sobre todo, era un chaval noble y cabal.

Jugábamos en contra; él con un equipo, y yo con el otro. Los dos, centrocampistas, marcándonos mutuamente, con lo que nos pasamos todo el partido con empujones, pataditas y codazos disimulados por hacerse cada uno con cada balón suelto. Naturalmente, yo llevaba todas las de perder. A su lado yo era un esmirriado; tenía mucha clase para la época y buena visión de juego, pero era muy enclenque y cobarde, apenas metía la pierna, y en los balones altos, en vez de saltar y estorbar, me encogía. En fin, que José Antonio se los llevaba todos. Hasta que José Pablo (el "Cuatro Mitras") se hartó y se encaró conmigo conminándome a que fuera más valiente, "Qué coño pasa aquí, eh Filiberto; mete la pierna, joer ya, que pase el balón, pero no el tío..." Y cosas así. Tanto me calentó que en uno de esos lances no disputé el balón limpiamente, sino que le puse una zancadilla traicionera a un Mérida embalado que salió rodando por los suelos.

Pudo haberse hecho mucho daño, y yo mismo me asusté un montón creyendo que se hubiese partido algún hueso. Pero enseguida nos dimos cuenta de que no. Sin apenas dar tiempo a recuperarnos del susto por lo aparatoso de su caída, se levantó del suelo como impulsado por un resorte, y, con los ojos fuera de sus órbitas, se me vino encima como una estampida. Ahora sí que me asusté de verdad. Fuera de sí, me cogió por la pechera queriéndome levantar a pulso y con su puño derecho ya preparado para hundirlo en mis hocicos. Yo, sintiéndome plenamente culpable y entregado a mi suerte, no ofrecí ninguna resistencia. De todas formas hubiera resultado inútil ante aquella fiereza. Ya me veía mareado en el suelo y con la nariz rota y ensangrentada.

En ese segundo de aceptación de mi sentencia me encontraba cuando, de pronto y sin saber cómo ni por qué, José Antonio recuperó el temple, su cara palideció, los ojos volvieron a sus huecos, sus manos se relajaron, me soltó y en lugar del puñetazo esperado y merecido me tendió su mano diciéndome algo así como Joer Fili, ten cuidado que me has podido hacer mucho daño.

Luego, bajando al seminario por la carretera a la usanza antigua de ir caminando enlazados los brazos por los hombros, me fue confesando su secreto. Y me dijo que en ese momento de tensión máxima pudo finalmente controlarse porque estábamos recién salidos de los ejercicios espirituales y tenía muy presente todo lo que Jesucristo sufrió por nosotros, y que esa patada mía la ofrecía por el sufrimiento de nuestro Señor. Yo acepté sus razones, naturalmente, y me dije para mis adentros que menos mal. Y aprendí en ese mi primer año de seminario lo útiles que pueden llegar a ser los ejercicios espirituales.

Antes y después de este incidente siempre nos hemos llevado muy bien. Y en san Pelagio también. Yo creo que sin ser amigos nos hemos tenido simpatía mutua. Yo he admirado su fortaleza física y su nobleza. Él consideraba en mí la capacidad de estudio y mi simpatía. Creo.

Un gran chaval, un buen hombre. De los tantos que ya se nos han ido...

José Mª Rivera Cívico

7 comentarios:

  1. Un muy buen comentario José María sobre lo que representó aquella etapa de nuestra juventud, y una base sobre la que construimos luego nuestra posterior madurez.
    Cada cual en su destino y en su vida.
    Aquellos ejercicios espirituales, como el esquema de vida en general nos dejó un poso de honradez en los enfoques que se nos quedaron para siempre
    enganchados en nuestra personalidad.
    Unos de los beneficios más notables, según creo, que pudimos conseguir en aquel centro de formación.

    Un abrazo amigo Filiberto.
    Juan Martín.

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  2. FILI, José Antonio (paisano mío) era un místico en el más sentido radical de la acepción. No me extraña el cambio de actitud en segundos de su comportamiento, ya que así fue toda su vida. Que Dios lo tenga en su Gloria.
    Un abrazo
    Antonio Gómez

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  3. Juan Martín, me gustaría mucho que te animaras a venir este año a Baena. No es lo mismo hablar a través del ordenador que hacerlo en persona. Por tus comentarios se te nota la emoción de los recuerdos con tus antiguos colegas. Vente, lo pasarás muy bien.

    Antonio, sí. José Antonio era un místico. Ya desde los Ángeles. Un místico solitario. Podría quizás haberse integrado en el grupo de los Penitentes, tan afamado en aquellos primeros años. Pero no, creo que a él le gustaba ir por libre.
    En cualquier caso, de chico y de grande, una buena persona.

    Un abrazo. Y nos vemos pronto en Baena.

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    1. José María, ya me gustaría pero ir desde Barcelona es un poco complicado, pienso no obstante bajar este mes a finales a ver a la familia. Y si puedo, según sea la hora de la reunión de los compañeros que creo es por la tarde, me acercaré por la taberna de Los Pedroches a saludarles.

      Un abrazo
      Juan Martín

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  4. Muchas gracias Rafa por insertar fotos tan adecuadas para cada ocasión. En esa foto -de vuestro primer año-, el Mérida Montoro está de delantero centro.
    Es curioso, de esa foto ya nos faltan don Eduardo, Mérida, Antonio Lara y Manolo Estepa. ¡Hay que ver! Que el Señor los tenga en su gloria.

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  5. Cuando sea mayor, quiero escribir como tú.
    Un fuerte abrazo

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  6. Mi recuerdo de los ejercicios espirituales es el silencio, el librito de rezos y lecturas espirituales, que todos portábamos, con las tapas de gutapercha verde y el estruendo, sobretodo el estruendo, que de pronto surgía cuando nos daban permiso para hablar, por lo demás, meditar, lo que se dice meditar en esos ratos de silencio, creo que no meditábamos mucho, pero mi recuerdo de esos días permanece, eso y algún rosario de la aurora camino de los campos de fútbol en alguna alborada gloriosa.
    Muchas gracias. Fili, por ponerle imágenes a nuestros recuerdos.

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