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domingo, 26 de junio de 2016

Viernes santo.

Una tarde de marzo, quizás algo fría, en la antesala de la primavera, los muchachos van llenando el estudio, vestidos con el traje de los días de fiesta: las pequeñas sotanas y el roquete les ahorman. El crepúsculo va ganando su terreno y llena de sombras el lugar.
Es el día clave de la Semana Santa, el rito comienza lentamente; la piedad es impuesta pero los chicos lo ignoran, asumen su papel sin rebeldía y participan mansamente en el ceremonial.
“Flectamus genua” y las rodillas se arquean dócilmente, “levate” y todos grácilmente se alzan; el sortilegio latino se repite cansada y lentamente y, como un todo eléctrico, aquellos cuerpos obedecen, todo fluye mientras oscurece en la sala grande, convertida por un momento en santuario.  
No ha acaecido nada y ha sucedido algo; todos han sido uno en esa tarde, diversos, pero en un momento impreciso del ocaso, la unidad ha tomado forma en los muchachos.
No están tristes, como quizás aconsejase el día, ni vivaces, aunque apeteciese. Han cumplido el papel establecido. Suave y espaciosamente abandonan la fugaz capilla.
Esa evocación, quizás recuerdo de recuerdo, sigue viva y cuando algunos de esos chicos la rescaten de un imposible olvido, seguirá acaeciendo un Viernes Santo.   

Francisco Cesar Garcia


8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Mi intención, Rafa, es reconstruir un recuerdo que no se si es compartido con muchos, en todo caso ahí está, expuesto a vuestra visión. Gracias

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  2. D. Francisco, una magnífica exposición de aquel talante infantil visto desde dentro de quienes allí recibimos unos esquemas, que como brochazos transparentes, poco o mucho nos dejaron un rastro notable a la mayoría de nosotros en nuestro carácter.
    Un saludo entrañable.
    Juan Martín

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    1. Es uno de los que conservo con mas viveza de detalles, yo había sido monaguillo en el pueblo y los oficios del viernes me eran familiares pero el hecho de celebrarlo entre chicos de mi edad me dejó un impronta perdurable, todo aquello me impresionó, en el mas estricto sentido del término. Un abrazo

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  3. Yo tambien doblo mi rodilla antes este magistral retazo de un momento de nuestras pequeñas, pero no por ello menos grandiosas, vivencias infantiles. Gracias por este recuerdo. Un abrazo

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    1. Todas la vivencias infantiles, al menos para mí, son grandiosas, al menos las que tienen un tinte afectivo, yo creo que ellas nos construyen; somos, Andres, lo que recordamos y la infancia sigue siendo nuestra arcadia, la patria perdida que el recuerdo nos permite recuperar. Un abrazo fuerte.

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  4. Paco Cesar: Gracias por esa foto fija del Viernes Santo, maravillosamente expuesta, con tantos matices que han calado en nuestros recuerdos de niños dócilmente obedientes y dispuestos a asimilar aquella sobrecarga de actos litúrgicos y ejercicios espirituales, en las dos semanas santas que nos tocó pasar allí en Hornachuelos.
    De pronto me ha venido a la memoria el patético SILENCIO, que nos obligaban a cumplir en toda la jornada del Viernes Santo. Recordareis que hasta en los recreos teníamos que pasear en absoluto silencio.
    Recibe un cordial abrazo.
    Manolo Jurado.

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    1. Cada recuerdo vuestro enriquece la memoria común y, sí yo también recuerdo ese silencio que nos imponían, pero no es un recuerdo ingrato mas bien era una característica mas de aquellos días, por otra parte felices.un abrazo tambien para ti Manuel.

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