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lunes, 7 de noviembre de 2016

Enfermero de oído, y profesor interino de gimnasia.

Pequeños recuerdos de juventud en el Seminario Menor.

Unos de los recuerdos que me vienen a la memoria, y que quisiera compartir con quienes fuimos alumnos en el Seminario Menor de los Ángeles, fueron mis empleos de voluntariado a tiempo parcial en el Seminario.

Las primeras botas reglamentarias de fútbol que he tenido, me las regalaron sobre el curso 1967/68 como premio por mi trabajo de enfermero. Me las entregó un buen día mi tutor D. Lorenzo, creo recordar. Con ellas jugaba en aquel campo de tierra inclinado que todo el mundo recuerda.

Parte del equipo de la sierra con nuestro rector D. Gaspar Bustos Álvarez
De pie:
Luis Enrique,
A. González,
Torrico,
D. Lorenzo (profesor) y
M. López.

Agachados:
F. Contreras,
J. Martín,
A. Barbero y
M. Muñoz Medrán.
(Si mal no recuerdo, faltaban: A. Hidalgo,
G. Dublino y Amaya).

Cuando Julián nuestro enfermero titulado hacía cuarto curso, la superioridad me ofreció la posibilidad de aprender el trabajo del puesto de enfermero, algo que yo acepté de buen grado. 

Fui el ayudante de Julián, y me ocupaba de ordenar el botiquín que había en la planta baja. Separaba los medicamentos según su utilidad, repasaba la caducidad de los mismos y también fui el atento discípulo del médico del pueblo, que nos visitaba de forma regular, pues siempre había alguien pachucho. 

Aquellos fueron mis primeros y fructíferos contactos con la "Ciencia Médica".

Hacía las curas de hematomas y arañazos durante la semana, y vigilaba que los enfermos siguieran tomando los medicamentos recetados, así como el ir a visitarlos y llevarles la comida si fuera necesario. 

Recuerdo el episodio de la intoxicación con las tortillas en una excursión, la sutura de la rodilla de Jaime en la consulta del doctor en el pueblo, y la picadura de una víbora a un empleado de la casa, que se llevaron al médico de forma urgente.

Aprendí a limpiar las heridas, a distinguir la utilidad de los diferentes productos que teníamos, y a vendar y curar las rozaduras de forma correcta. 

Para mí fue muy aleccionador ver al médico tratar a los compañeros enfermos, y recibir sus instrucciones y recomendaciones para el seguimiento de los mismos.

La otra anécdota que recuerdo como sobresaliente en aquella época, fue la de dar alguna clase de gimnasia a los pequeños de primero en el patio a golpe de silbato.

Eran las consecuencias que tenía el ser de los alumnos mayores del centro. 

Se trataba de seguir unas tablas de gimnasia marcadas en un librito como asignatura, y mandar los movimientos de forma correcta y ordenada.

Los profesores notarían lo mandón que me ponía con los enfermos, y por eso supongo que me adjudicaron lo de dar alguna vez las clases de gimnasia a los pequeños.

Los mandaba en plan militar, algo que debía ser genético, forzándolos a realizar los movimientos de forma enérgica y contundente, y no en plan blandengue o desganado.

En una de aquellas clases en el patio, recuerdo que salió por la entrada de acceso a la capilla la figura afable del Sr. Obispo de Córdoba, que en aquel entonces era el Excmo. Sr. D. Manuel Fernández Conde y García del Rebollar. Nombrado Obispo de Córdoba el año 1959 como sucesor de otro gran Obispo cordobés; Monseñor Albino González Méndez-Reigada, llamado Fray Albino. 

Fray Albino fue el gran impulsor de la remodelación del Seminario de Sta. María de los Ángeles, y de otras obras sociales importantes en Córdoba. 

Nuestro Obispo D. Manuel murió dos años después, el 03/01/1970. Le sucedió Monseñor D. José María Cirarda Lachiondo, al que yo también tuve la oportunidad de conocer. Fue D. Manuel sin embargo, quién nos confirmó a mí y a todo nuestro curso. Siendo mi padrino D. Moisés Delgado Caballero, que en paz descanse.

Como decía; el Sr. Obispo perfectamente identificable por su indumentaria, pasó caminando despacio aparentemente sin fijarse en nosotros, bajo los soportales paralelos al patio. Pasó cerca de donde estábamos ejecutando las tablas de gimnasia al lado de la puerta grande de la capilla.

Los chicos al verlo iniciaron de inmediato un amago de desbandada para ir a besarle el anillo. Pero ante aquel conato de indisciplina, solté un par de pitidos y los dejé quietos en su sitio, me pareció adivinar que algunas figuras furtivas miraban por detrás de los cristales de las ventanas, junto a la sala de los profesores.

Pensé que si estábamos en clase y el Sr. Obispo quería hablarnos, debería ser él quién se nos acercara, y que si no lo hacía; no había ninguna razón para que recibiera de golpe a toda una clase sudorosa de críos dispuestos a besarle el anillo. 

Así lo entendí yo al menos en aquel momento. Él siguió a lo suyo, y nosotros seguimos a lo nuestro tan campantes ejercitándonos en el salto de altura, hasta que sonó sobre nuestras cabezas aquella campana cascada de las horas, tocada por el regulador. 

El sonido cascado de la misma nos sacó de la concentración de los saltos y de la obligada disciplina, marcando el final de la clase y el comienzo del recreo.

Entonces como activados por un resorte escondido, todos los chicos en tropel con gran jolgorio fueron a por sus cosas, y sin atender ya a las indicaciones de nadie, salieron disparados en estampida corriendo hacia las escaleras que bajaban de los dormitorios, con sus toallas agarradas de cualquier forma, como un rebaño de cervatillos buscando llegar los primeros al agua de la piscina.

En un suspiro me quedé solo en el patio, viendo al Sr. Obispo alejarse con paso lento, caminando con sus mocasines rojos hacia la puerta de la entrada. 

Pensé entonces en ir a besarle el anillo como señal de respeto, pero no hubiera sido justo si antes yo no dejé hacerlo a los demás compañeros de primero. 

El Sr. Obispo seguía ensimismado en sus pensamientos y caminando tranquilamente, desplazándose por el otro extremo del pasillo porticado, aprovechando la luminosa bonanza de la apacible mañana. Como meditando sus preocupaciones, se paraba de tanto en tanto y observaba la loma que teníamos detrás del Seminario, girando su paseo hacia el portón de la entrada principal.

Seguramente haciendo lo propio que los chicos practicaban hacía un rato, un poco de gimnasia. Andar como la forma más natural del mundo para desentumecer los músculos, sobre todo las personas ya mayores. 

Yo mientras tanto, como el monitor interino de gimnasia de primero, me dediqué a mis menesteres: Recoger los arreos, la colchoneta y los palos del salto de altura, despejando de todos aquellos artilugios el patio.

Y también pensando para mis adentros en terminar pronto la tarea, para hacer como los críos de primero; salir zumbando hacia la piscina y darme un chapuzón refrescante, que me limpiara del cuerpo todo aquel sudor pegajoso, más pronto que tarde.

Juan Martín.

8 comentarios:

  1. Gracias por tu crónica, aunque ya no me encontraba allí, sino en S. Pekagio

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    1. Amigo Francisco, agradecido por tu aclaración, que me imagino me haces en referencia a la figura del regulador.
      Fueron varios los compañeros que desempeñaron aquel puesto tan exigente de tocar las horas que nos regían en nuestra actividad, ellos debían ir por anticipado siempre, tanto al levantarse por la mañana como en las clases.
      Un abrazo entrañable.
      Juan Martín.

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  2. Aunque ya no recuerde ni la enfermería ni las clases de gimnasia, me ha encantado tu relato, con el obispo de fondo tan bien recreado. Un abrazo. Pedro

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    1. Amigo Pedro, gracias por el apunte.
      Las escaleras bajaban hasta el último dormitorio de los mayores, el situado en el primer nivel del lado del río.
      Su nombre era Cura d'Ars, me parece.
      Allí en el rellano de la escalera, antes de salir a la calle, hacia la izquierda estaba el otro pequeño dormitorio para los alumnos enfermos de unas diez camas, y que tenía al fondo la sala del botiquín.
      Un fuerte abrazo.
      Juan Martín.

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  3. Amigo Juan: Enhorabuena por tu relato. Me has traído muchos recuerdos a la memoria, sobre todo al enfermero, Julián García Expósito , era muy particular, con su nariz tan pronunciada, su peculiar acento...y una gran persona. También recuerdo perfectamente el botiquin, su situación bajando por las escaleras a la izquierda y del que fue su gran benefactor R. D. Manuel Cuenca, al que tuvimos la suerte de abrazar en el encuentro de Baena.
    La anécdota de gimnasia la tengo olvidada. Sé que en 4° nuestro profesor de gimnasia, era R.D. Pedro A. Llamas.
    Tampoco recuerdo en concreto aquella visita del Sr. Obispo, pues se me han mezclado los recuerdos de las varias veces que nos visitó en aquellos cuatro cursos.
    Aprovecho la ocasión para enviarte un cordial abrazo.
    Manuel Jurado.

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    1. Amigo Manuel, los niños de primero realizaban unas tablas de gimnasia de movimientos muy básicos, por eso creo que los profes me dejaban ayudar en situaciones de ausencia del titular.
      El botiquín sin embargo si que representaba una responsabilidad seria, tanto por la correcta realización de las curas, como por el control de todo el material que había.
      Agradecido por tu comentario, recibe un cordial abrazo.
      Juan Martín.

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  4. Muy bien amigo Juan, ya veo que eso del pluriempleo se te daba bien.
    Supongo que el obispo,mientas andaba, no se dormiría ¿no?
    Un abrazo

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  5. Amigo Andrés gracias por tu comentario, como me imagino que recordarás, en aquellos tiempos a muchos de nosotros se nos ofrecía una responsabilidad dentro de la comunidad de cada curso.
    Cantar en el coro, tocar la campana de las horas, formar parte de la rondalla, ser el responsable de la clase, encargarse de la enfermería y otros puestos más.
    Era una forma eficaz de fomentar el sentido solidario de responsabilidad con el grupo.
    Un abrazo.
    Juan Martín.

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