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lunes, 3 de julio de 2017

CRONICA DE LA REUNION DE LOS VICARIANOS CORDOBESES

EN NUESTRA SEDE DE LA SOCIEDAD DE PLATEROS


Córdoba, 29 de junio de 2.017

Afortunadamente la tarde resultaba fresquita. La calor había surcado, aguas abajo, por nuestro “río caudaloso”.

A eso de las 20 horas, un coche, se detuvo frente al Potro. Penosamente pero alegre, salió un “joven” (ya no estaba inclinado hacia adelante) apoyado en un bastón. Allí había quedado con él.

−No se lo digas nada a nadie, quiero ir a la reunión, pero que sea una sorpresa –me dijo Antonio Martínez, el día anterior.

Me dio mucha alegría verlo y comprobar su fuerza y deseos de estar con los amigos. Como fiel lazarillo, tendiendo cuidado de que no tropezara con las grandes planchas graníticas que pavimentan los alrededores del Potro, fuimos desgranando los pormenores de su recuperación, hasta que llegamos a Plateros.

Menudo recibimiento dispensaron a Antonio Martínez, todos los allí ya congregados. Nos habían preparado una habitación para nosotros solos: la que está situada a la derecha del salón. No era para menos, pues desde ese día, iba a convertirse en nuestra Sede Vicariana.

Rápidamente, tras un breve calentamiento de la “sin hueso”, nos pusimos manos a la obra. ¡Que alegría daba ver aquellas caras! ¡Como niños con zapatos nuevos! Esta vez no teníamos espectadores, que se quedaran pasmados, al ver tanto ímpetu. 

La primera ronda de bebida fue muy bien servida por nuestro, poco habitual, amigo camarero. Sí, en esta ocasión nos tocó, el insigne hombre de la triste figura. Todo iba a pedir de boca pues con su lápiz en ristre, iba anotando lo que cada uno deseaba y así lo sirvió. Lo malo fue cuando nuestros estómagos comenzaron a dar señales de advertencia. Como nos pasa siempre, con nuestras conversaciones nos habíamos olvidado de lo más importante: de los camarales, el atún y los platos de ensaladas con acompañamiento de gambas rebozadas. Nuestro, sin par, amigo camarero, desde ahora lo llamaré Juan, se aprestó a mostrar sus armas. Pero esta vez observé que su rostro había cambiado. Su natural apariencia, tornó hacia el congojo (eso que llamanos… con los… al cuello) Al verle así de “mudado”, y comprobar que su letra más bien se parecía a los jeroglíficos o escritura del Al-Ándalus, le pregunté qué le pasaba.

Estoy sólo y no puedo con todo, me estoy liando –fueron sus palabras, expresadas con un tono lacónico.

−Andrés, por qué no le echamos una mano –dijo Manolo M. Medrán, que estaba al quite.

A nuestra pregunta de si le podíamos ayudar, Juan, como haba tostada, de un brinco, nos cedió los trastes. Así lo hicimos y tomando nota de todo, se la entregamos. Poco a poco, como pudo y con algo de ayuda, nos sentimos servidos. Juan había cumplido.

Afortunadamente, Jenny, se presentó. Traía en sus manos el libro, de nuestros cantos religiosos “Cantoral Gregoriano Popular” y dos fotos en las que aparecía Andrés, que muy amablemente cedió. Fue un momento muy emotivo, aparte de alegre por encontrarse entre nosotros. Pero aún se elevó el clima de sensaciones, cuando con la presencia de su hijo Andrés, inauguramos la vitrina que, alguien anónimo, había cedido para que se constituyera en el “Arca Vicariana de los Recuerdos”. Pues bien, entre Jenny y Andrés, sabedores de la solemnidad de lo que en esos momentos se estaba realizando, abrieron la puertecita e introdujeron, con unas conmovedoras muestras de cariño, el libro y las fotos. Así quedó formalizada nuestra Sede. Ahora sólo queda ir llenándola con nuestros sentimientos, hechos realidad. Desde aquí, nuestro agradecimiento a esa persona anónima y a la voluntariedad y eficacia de nuestro Manolo Sepúlveda. Todo quedó con un sincero aplauso, interiorizando un recuerdo muy especial hacia Andrés, al que sentimos allí presente, al igual que hacia todos los que constituimos este gran grupo de vicarianos.

“En la Sociedad de Plateros, de la calle San Francisco, de nuestra ciudad de Córdoba, el día 29 de junio de 2017, festividad de los Santos Pedro y Pablo, quedó constituida nuestra Sede Vicariana y en prueba de ello y conocimiento de toda la Humanidad, quedó instalada una Vitrina de Recuerdos”

Fuera de nuestro habitual sentido de lo jocoso, fue un momento muy entrañable, del que espero haberlo mostrado en tan pocas letras. 

Como toda puerta tiene llaves, llegó el momento de formalización del guardián de las mismas: Manolo Sepúlveda, entregó una a Antonio, el dueño de Plateros. La otra se la entregó a Carlitos. Este, con buen criterio y celeridad (al igual que para hacer el reportaje fotográfico) se la entregó a Pacomo (buen guardián por cierto) La cuestión era bien sencilla, su voz y su corpulencia, daban suficientes muestras como para ser un eficaz “Guardián del Arca”. Pensó, además, que al vivir tan cerca, no la perdería de vista (bueno, esto me lo he inventado. Lo cierto es que al estar cerca, cualquiera que quiera llevar algo para guardarlo, lo pilla muy cerquita) Yo pienso: Paco Sánchez será el Pontífice de la pasta, pero el que realmente tiene las llaves es Pacomo. ¡Ahí es ná! ¡Otra bicefalia!

Es de agradecer la presencia de los allí reunidos, pero quiero hacer mención especial a la de Rafael Raya, Paco Molina y como no, a la de Antonio Martínez (bueno y si me pongo yo, ya somos “los tres margaritos”) Gracias a todos.

Como siempre, poquito a poco o “des-pa-ci-to” empezaron a sonar los abrazos, besos y el hasta luego. Bueno, menos para los que no tienen arreglo. Esos adictos en trasnochar. ¡Y esta vez fuimos más!

Nos fuimos a la Barbería, no a que Pacomo nos cortara el pelo, sino a apurar un ratito más el tiempo. ¡Y qué bien nos recibieron! Un alegre camarero (como debe ser) hasta nos tomó como a un grupo de amigos que estábamos celebrando una despedida de solteros. ¡Ole y ole por el chaval! La verdad es que dábamos el pego, o más bien nos tomó el pelo (por aquello de la barbería) Echamos un buen ratito y esta vez sí. Nos fuimos. 

No pongo el nombre de los asistentes, ya que con las fotos se puede ver perfectamente quienes éramos. 

Gracias Carlitos y Pacomo por las fotos.

Que tengamos todos mucha salud. Un abrazo
Andrés Osado (2 de julio de 2017)

jueves, 29 de junio de 2017

Felicidades

Oídme muchachos:

Como no estoy en el grupo grande del wassapt, quiero, desde este medio que tan bien domino, felicitar por su onomástica a todos nuestros Pedros y Pablos, que yo recuerde, así a bote pronto: don Pedro Antonio, Pedro Calle, Pedro Urbano, Pedro Soldado, Pablo Bosch... No me sale ninguno más, pero si lo hubiere que se dé por aludido. José Pablo Pérez Pareja no vale, él lo celebra en san José.

Saludos y abrazos para todos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Las veinticuatro horas de Conil

ESTA VEZ NO FUE A POR TOMATES, SINO A LAS VEINTICUATRO HORAS DE CONIL DE LA FRONTERA


− ¡Cariño, prepárate, hoy te voy a llevar a ver a mi amigo Rafa Raya!

Fargo, que así era su nombre, se preparó en un visto y no visto. En realidad, ella siempre estaba preparada, anteponiéndose a las inesperadas ocurrencias de su inseparable pareja. Esta vez no iba a ser distinta. Aún recordaba, no hacía mucho tiempo de ello, su aventura con los tomates.

A las seis de la mañana, estaba toda acicalada en la puerta de la casa sonriente y feliz. Su compañero, abrió la puerta y se sentó: era un apuesto caballero de alegre sonrisa y larga coleta, algo cansada ya por el tiempo, que temerosa se ocultaba, bajo un sombrero de estilo borsalino, aderezado con cinta negra, la que le confería un alto estado de nobleza palmeral. Enseguida, con suavidad, accionó la llave de contacto y Fargo, rugiendo toda contenta, se puso en camino.

− ¡Vamos niña, no te entretengas, que hoy tenemos un buen trayecto que recorrer!

Inesperadamente, cuando ya llevaban unos cuatrocientos kilómetros recorridos, Fargo, se sintió indispuesta. Tanto es así que le fue imposible continuar la marcha. La tristeza embargó a Miguel, que así se llamaba su incansable compañero… percátense que he dicho tristeza y desánimo. Enseguida llamó a las asistencias y tras adjudicarle otro vehículo, mientras llevaban a Fargo al hospital de urgencias, se dirigió a su punto de partida. Lejos de desistir en su empeño regresó, Miguel, a su casa. Allí, triste y apesadumbrado, estaba su otro compañero. Al verlo, una mueca de sorpresa invadió su carrocería (nunca mejor dicho. No se trata de una metáfora, sino de su natural apariencia)

− ¡Adelante, Segundina, hoy saldremos tú y yo! (el nombre está claro, siempre lo utilizaba como segundo plato, cuando le faltaba la que más estimaba. Pudo haberla llamado Mercedes, pero ya se sabe, en cuestión de amores…) hoy vamos para Cai!

Segundina estaba ya acostumbrada. Aceptaba con resignación lo que su nombre suponía. Por eso no preguntó el por qué de esa repentina situación. Diligentemente obedeció y se puso en camino.

Miguel, como si tal cosa, emprendió nuevamente la marcha, en dirección oeste. A él no le importaban los kilómetros. Entre música, pensamientos, canciones y más kilómetros (casi mil) el cansancio fue haciendo mella en nuestros amigos. Pararon en una gasolinera, ya próxima a Sevilla, y preguntaron a un dependiente:

− ¿Amigo, sabe usted de un hotelito donde pasar la noche?

− Creo que lo más interesante para usted es que se ponga, cómodamente, en el asiento trasero de su compañera y trate de dormir esta noche, lo mejor posible. Por aquí no va a encontrar otra cosa – le contesto el dependiente.

Dicho y hecho, hubiera preferido a Fargo, pero a falta de pa…

Miguel se acopló como pudo y durmió durante toda la noche. El cansancio pudo con él y los primeros rayos de sol, le dieron la señal para emprender nuevamente el camino.

Casi llegados a Sevilla y comprobando que Rafa debía dormir plácidamente (el móvil daba señal de apagado) empezó a dudar por donde tirar para tomar la autopista hasta Cai. Después de unas cuantas vueltas y revueltas (algo natural en sus viajes, ya que de camino le servía para visitar la ciudad) tomó la correcta decisión:

− ¿Por dónde tiramos ahora Segundina?

Ella, encogiéndose de hombros, no supo qué responder. No llevaba navegador alguno como para satisfacer los deseos de su amigo.

− Para un segundo, Segundina, en esta esquina y le preguntaremos a esta señorita tan guapa –dijo inesperadamente Miguel.

− Por favor, señorita, ¿puede indicarnos el camino para tomar la autopista hacia Cádiz?

La guapa sevillana, muy diligentemente, le explicó todos los pormenores de la dirección a tomar. Pero, tras un breve silencio, les dijo:

− Yo voy para allá y os puedo dejar muy cerquita, para que no os perdáis (quizás tuvo que verles la cara de despistados y tuvo compasión de ellos) 

Miguel muy diligentemente se montó en Segundina y dándole al contacto, ésta no reaccionó.

− ¡Cachis en diez (creo que dijo otra cosa) por lo que más quieras, no me dejes tirado como Fargo!

Pero Segundina no “interactuaba” (o sea, que se caló). Tras varios intentos logró poner todos sus sentidos en funcionamiento, pero… ¡mire usted por dónde, la voluntariosa sevillana se había pirado! ¡Se había pirado!

Menos mal que nuestro querido Miguel, recordó lo indicado por la chica y logró llegar a la autopista.

Tras unos kilómetros, se paró en la primera gasolinera y pudo establecer comunicación con Rafa. Unas explicaciones bastaron para aclarar y despejar las dudas.

Vuelta a la carretera, pero después de muchos kilómetros y no encontrando a ninguno de sus amigos Guardia Civiles ( no para preguntarles por los tomates, sino para que le ayudaran, porque se encontraba totalmente perdido) Nuevamente parada y llamada.

− ¡Pero Miguel, te había dicho en la salida doce y vas por la cuarenta! –fueron las palabras de Rafa. 

Tras otra explicación, vuelta atrás y esta vez, sí pudo llegar, no a tiempo, sino… llegar. ¡Uf! Había salido el lunes, día 12, a las siete de la mañana y llegó a Conil sobre las 10 horas del día siguiente. (recuerdo que un tío mío tardaba más o menos eso, en llegar desde Holanda a Sevilla) Lo importante es que… ¡llegó!

Estas fueron las nobles andanzas de ese hidalgo caballero, que no de la triste figura.

De tristeza nada, hasta se la pudo quitar a nuestro entrañable Rafa Raya. Vean si no, lo alegres que se quedaron con el encuentro.

¡Grande Miguel!

Un abrazo a todos y cuidaos.

Andrés Osado, 14 de junio de 2017
(día de la operación de Antonio Martínez)

viernes, 26 de mayo de 2017

Te cuento Andrés

HOY SIMPLEMENTE VOY A PONER ESTE TITULO, QUE RESUME TODO:

EN LA SOCIEDAD DE PLATEROS, NUESTRA SEDE

Córdoba, 18 de mayo de 2017

Hola Andrés, hoy ha sido un día grande.

La sociedad de Plateros, la de tu calle San Francisco, ha relucido más que el sol. Esa taberna que, unas veces fue “Posada del Laurel” y otras “El Castillo del Terror”. Esa que, hoy, la hemos convertido en “Templo de la Amistad”: remanso de paz, ese atardecer del abril cordobés, donde rememorar esperanzas. Esa, a la que tú tanto empeño has puesto SIEMPRE.

Si, Andrés, porque hoy hemos estado todos juntos: los del Teleclub, tus amigos (ahora igualmente nuestros) y nosotros, esos niños traviesos de Santa María de los Ángeles. Jenny, con su presencia, su valentía y sus muestras de cariño, realzó aún más la velada. De una forma u otra, todos, estaban allí, como una piña. Ya sabes, no hace falta la presencia física para notar el amor que derrochamos entre todos. “Algo grande voló, entre aquellas cuatro paredes”

Quiero dejar patente y reconocer el esfuerzo que realizaron, Ana Mari y Manolo Sepúlveda. Prepararon el encuentro de tal manera y maestría, que ni el mejor cáterin lo habría conseguido. Fijate, que hasta hubo “caramales” pero si pan… con palillos, como exigía la etiqueta. Eso si, el plato de lechuga con guarnición de gambas rebozadas, para nuestros Antonio Gómez y Paco Sánchez, se pospuso para otra ocasión (creo que por falta de existencias) Bueno… esa vez dejaron el régimen para otro día.

¡Qué buen saque teníamos todos, los de uno y otro lado! Observando la animación de sus conversaciones, y su buen quehacer delante de esas riquísimas y variadas raciones, recordé que, antes… allá por los años 75 (en el bar San Francisco) las tertulias eran más sobrias… “sólo vino” ¡menudas cogorzas pillábamos! Menos mal que Ana Mari y Manolo han tenido buen salero y han sabido adaptarse a los tiempos. ¡Bravo por ellos! Y bravo por nosotros, ya que de lo contrario, esa noche, hubiéramos dormido en “el cuartelillo” por altercado público. 


Pero fíjate, pasó una cosa, aún más curiosa. Conforme fuimos entablando conversación, como Córdoba es tan pequeña, resultó que tu fiel y servidor amigo “El Catalán” Rafa, nos habíamos conocido, como vecinos de la Urbanización de la calle La Esperanza y Plaza de la Alegría, allá por mediados el año 80. Incluso sus hijos fueron amigos de alguno de los nuestros. Verdaderamente nuestro mundo, es pequeño. Las relaciones interpersonales tienen ramificaciones muy amplias. Y tú, el nexo de unión. Hasta un compañero de tu trabajo tiene relación con “el Niño de los Angeles” ¡Es que no se pué aguantá, tanta coincidencia! 

Como otras veces te he dicho, aunque no te guste que se hable de ti, elogiándote, en esta ocasión vas a volver a aguantarte, porque no te voy a hacer caso. El poso que has dejado entre todos nosotros es denso y radiante. No faltó un solo minuto de todas las conversaciones, que no giraran en torno a tu persona. Verdaderamente has dejado una buena consigna: amor, entrega y servicio hacia los demás. ¡Tu, siempre por delante, amigo! ¡El primero en dar ejemplo!

Pero para mí, hubo un momento muy entrañable. Vas a perdonar, si esta vez me refiero a mí. Ese tuvo lugar frente al otro San Francisco, el de la iglesia. Allí tuve el inmenso honor y placer de abrazar a tus dos grandes amores: Gisela y Jenny. Una fuerte emoción, o como dicen ahora nuestros jóvenes… tuve un buen subidón de alegría.

Es que no faltó nadie. Quizás noté la ausencia del municipal que te multó, allá por la Mezquita, cuando conducías esa “moto-bus” cargada de amigos, hasta los topes (ya no se si eran cinco o seis los ocupantes) 

¡Buena velada pasamos! Esta vez el posadero, Antonio, con sus alegres y serviciales amigos (que ya no camareros) se portaron de maravilla. No hubo problema alguno. Todo perfecto, hasta las cuentas.

¡Ah!... hablando de cuentas. Por parte de Ana Mari, no hubo problema alguno. En un periquete, como no podía ser menos, por parte de una profesional del pecunio, quedó resuelta la aportación de su grupo. Pero no fue así, por parte del otro, el de los curillas. Se nota que somos de letras. Casi una hora para poner de acuerdo a tanto “letrado” Menos mal que teníamos a nuestro Antonio Gómez: remangándose un poco la chaqueta y en sólo dos palabras determinó, con gran maestría, la forma de proceder. Dicho y hecho, en un santiamén “deo gratias” Manolo se encaminó hacia Ana Mari, para presentarle sus respetos y lo fundamental, el parné. Todo resuelto.

Y terminado esto, se fueron produciendo, lentamente, las despedidas.

Tal vez, en esta ocasión, esta crónica, no sea muy fidedigna. Que me haya saltado acontecimientos (aún no tengo el don de la ubicuidad) dignos de haber sido realzados, pero ya sé que tú me vas a decir lo de: “Gran cronista, como siempre, Tocayo”. Carlitos, como siempre ha puesto la guinda, con sus fotos y Rafa Vilas, la maestría de la maquetación.

Por cierto, camino de Plateros, coincidí con MAM (Aranda Madueño) en el autobús. Va tirando para adelante.

No voy a poner los nombres de todos, pues sería muy largo. Decirte, que fuimos unos cincuenta.

Hasta luego, tocayo. 


domingo, 7 de mayo de 2017

Reunión en Córdoba

“UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”

Rompiendo la magia onírica de la poesía lorquiana –y que Federico me perdone por la osadía-, Córdoba ya no está ni tan lejana ni tan sola. Una reunión largamente deseada para un día de convivencia entre antiguos amigos se había estado preparando durante el transcurso de un año. Lugar: el corazón de la ciudad califal. Había que llegar a Córdoba, estaba a sólo unas horas de camino de Madrid, de Cabra, de Alicante, de Aguilar de la Frontera e incluso de la propia ciudad en sí misma. Córdoba estaba cerca.

El encuentro definitivo se había decido que fuera en uno de los ombligos del Planeta: El Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba; aún más concretamente, utilizando un golpe de zoom, como en un juego cineástico o de fotografía: la fuente del Olivo. Se desleía por los azahares y en el murmullo del agua una evocación de la tradición oral cordobesa en su imperturbable ritmo cadencioso:

“…A la fuente del olivo, madre, llévame a beber,
a ver si me sale novio que yo me muero de sed…”

Rumor en el ambiente. Sonaban los pasos y las voces de los turistas venidos de los cuatro puntos cardinales de la tierra que llenaban el patio de las abluciones de la Mezquita: era constatable que Córdoba tampoco estaba sola.

Pues bien, la cita había sido acordada para las doce horas del día veintitrés de abril del presente año 2017. Y, como sucedía en los aconteceres de la Comarca que nos describiera JRR Tolkien en el “Señor de los anillos” en su capítulo “UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”, a la misma acudieron los amigos convocados con sus correspondientes compañeras: Pedro Calle y Mónica, Francisco Carrillo y Belén, Manuel Jurado y Manuela, Ángel Lucena e Inés, José Antonio Naz y Carmen, Antonio Roldán y Censi. Allí se encontraron, casi después de medio siglo, los viejos amigos que habían cursado juntos los estudios en los Seminarios de Santa María de los Ángeles y de San Pelagio. Allí se volvieron a reconocer. Allí fueron los abrazos y los besos y las sonrisas y las alegrías. El mediodía cordobés apretó también en su gozo y forzó al sol a que fuera pródigo de calor en esa jornada tan primaveral.

Con tan alegre camaradería se comenzaron a visitar algunos rincones entrañables de la Córdoba milenaria mientras se charlaba y se intercambiaban sonrisas y experiencias vividas en los años atrás: La Virgen de los Faroles de Julio Romero, la Calleja de las Flores donde el poeta y músico cordobés Ramón Medina nos prestara la voz para tararear una de sus composiciones:

“…Tienes cuerpo de guitarra con clavijas de claveles
tus rejas son los bordones y tus balcones caireles…”

La Judería, con su impronta indeleble, especial en nuestra geografía europea y con su sello casi atemporal donde los deseos se metamorfosean en nudos cartesianos para convertirse en realidades. Barrio difícil de transitar pero divertido por la cantidad de personas que lo andan, visitan y curiosean por sus estrechas callejuelas… Desembocamos en la Plaza del Cardenal Salazar, donde se encuentra la Facultad de Filosofía y Letras, lugar que recordamos con cariño pues también, algunos de nosotros habíamos estudiado en sus aulas. Es este un edificio dieciochesco que tuvo varias utilidades como Hospital de Agudos. Seguimos deambulando y salimos a la Explanada del Campo Santo de los Mártires, dejando a un lado el monumento a los Enamorados en memoria del amor entre el poeta Ibn Zaydun y la princesa Wallada. A nuestra derecha quedaban los torreones y almenas del Alcázar de los Reyes Cristianos.

Y llegamos a la calle Amador de los Ríos, la del Seminario de San Pelagio al que quisimos entrar pero no pudimos ya que sus puertas estaban cerradas a cal y canto. Allí tuvimos sesión fotográfica diversa con ayuda de los transeúntes. ¡Cuántos recuerdos agolpados en unos instantes, cuántas evocaciones ocurridas hacía cinco décadas, cómo habían cambiado los tiempos e incluso nosotros mismos, nos sonreíamos con ese rictus de serenidad que te dan los años y volvíamos a mirarnos como si con la complicidad de la mirada lo dijéramos todo! Todo en los recuerdos. Y es que en realidad somos inmanentes a los mismos. Cuando Ortega y Gasset decía aquello de “Yo soy yo y mis circunstancias” pudo muy bien añadirle a su sentencia “más mis recuerdos” pues circunstancias y recuerdos pretéritos forman y conforman nuestra realidad presente.

Desde este lugar, nos dirigimos al Barrio de San Basilio, por el mismo camino que hacíamos cuando íbamos por las mañanas al Instituto Séneca a estudiar PREU, corría entonces el curso académico 1970-71. Eran cerca de las dos y apetecía ya el refrigerio de la cerveza y la copa. 

Reanudamos la marcha y por la puerta de Caballerizas Reales nos adentramos en el embrujo de San Basilio, barrio concebido en siglo XIV al que se suele llamar también Alcázar Viejo y no sin razón pues fue construido con el fin de que una guarnición de ballesteros defendiese el vecino Alcázar Real. 

En el restaurante “La Bodega de San Basilio”, -ya se había encargado José Antonio- teníamos mesa reservada para el almuerzo. Era confortable el lugar y muy íntimo. En un rincón del mismo nos acomodamos y nos dispusimos para comer. Brindamos por nuestras esposas y compañeras y también por nosotros y por la alegría de aquel encuentro. Hablábamos, hablábamos… poníamos sobre la madera nuestros recuerdos, nuestras pequeñas aventuras acaecidas en los campos de Hornachuelos y en Santa María de los Ángeles; sus profesores, las aulas, las sotanas, las meditaciones… los secretos más ocultos de los cuales si Almodóvar hubiese conocido alguno, habría filmado y dirigido su mejor película… Y después de cuatro años en aquel lugar de Sierra Morena, la llegada a Córdoba, al Conciliar de San Pelagio… los nuevos profesores, las salidas a la ciudad a ver sus escaparates para detectar las novedades musicales del momento… nuestras excursiones particulares a las Ermitas… nuestros desplazamientos al Instituto San Fulgencio de Écija donde íbamos a examinarnos por libre de los cursos del Bachillerato para convalidar los estudios religiosos con los laicos, de los veranos en los pueblos… No dábamos abasto. Eran muchas vivencias rememoradas, unas placenteras y otras no tanto, que si después de haber abandonado el Seminario no hubiésemos practicado un acto de resiliencia, no habríamos podido encauzarnos libremente por nuestras vidas posteriores. Pero a veces, la memoria juega malas pasadas y, como acto de defensa, borra los recuerdos, los encierra dentro de su cofre con cláusula atemporal y es necesario que alguien encuentre la llave y nos ayude a abrirla, entonces se nos refresca la mente y recordamos. También puede suceder que en ese mundo del recuerdo aparezca el fatamorgana que nos obligue a contemplar el espejismo de aquella realidad que, a pesar de los pesares, fue la nuestra y nos ayudó a conformar nuestra personalidad.

Durante el café evocamos a los compañeros que ya habían fallecido como Juan Pedro Beteta y Francisco Delgado y nos preguntamos por aquellos de los que no habíamos vuelto a saber nada.

Así pasaba la tarde y la velada de sobremesa. Decidimos ir a otro sitio a tomar el refresco, la copa o el helado. Antes de abandonar el barrio de San Basilio, entramos a visitar uno de sus patios más típicos y más “chiquitos”. La señora de la casa tuvo la amabilidad de explicarnos los detalles y pormenores del mismo; nos decía con cierto deleite: “…pero no olviden nunca que detrás de cada patio se encuentra una familia, unas gentes que cuidan de su casa y que están vivas… ya ven cómo este patio no era tan chiquito…”

Atravesando de nuevo la Judería, venimos a dar con el entrañable recodo donde se encuentra la casa natal de Maimónides y el monumento que Córdoba levantó en su memoria, pues este judío nacido en el siglo XIII fue un médico, rabino y teólogo que influyó potentemente en la cultura intelectual de la Edad Media. La plaza donde se erige su estatua lleva el nombre de Tiberiades por ser el lugar donde el famoso cordobés murió. Parece que entre aquella fragancia de la Sefarad judía cordobesa queda flotando una de sus más famosas sentencias:

“…Son útiles o buenas las acciones que sirven a un propósito y lo alcanzan…”

Después pasamos al Zoco, edificio de estilo tardo-mudéjar del siglo XVI, donde visitamos sus tiendas y nos cobijamos al frescor de uno de sus deliciosos patios. Allí realizamos otra sesión de fotografías a nuestro grupo…

Dejamos atrás La Judería a través de la Puerta de Almodóvar y nos dirigimos al Mercado Victoria. Con el refresco en la mano y amparados por la sombra de sus jardines, continuamos con nuestra charla y convivencia.

El sol iba camino de su declinación y los minutos se precipitaban por el pretil de la tarde. Era la hora de la partida: Pedro y Mónica, Francisco y Belén, Manuel y Manuela, Ángel e Inés, José Antonio y Carmen, Antonio y Censi se despedían entre besos, abrazos y buenos deseos. Habría que repetir la experiencia, ya se había tentado el encuentro a la posibilidad. 

Amalia Seseña (Vda. de Paco Delgado)
Pedro Calle y Mónica,
Manuela y Manuel Jurado
Al lubricán, cuando el ambiente comenzaba a refrescar con la brisa, en la Plaza del Cristo de los Faroles, tres de las parejas que permanecieron en Córdoba tuvieron un encuentro con Amalia, la viuda de Francisco Delgado. Resultó un momento muy emotivo, especialmente cuando Manuel Jurado le hizo entrega de una credencial con fotos de su marido. 

Esta podría ser, en síntesis, la crónica de aquel día veintitrés de abril, en el que un grupo de antiguos amigos a los que nos unían inexcusablemente los lazos geo-espacio-temporales de Santa María de los Ángeles y San Pelagio, volvimos a reconocernos.

La panoplia de los sentimientos se abría y cerraba en abanico. La tarde bordoneó la cuerda de la amistad por el paradigma de los recuerdos.

Antonio Roldán García

jueves, 4 de mayo de 2017

ANDRÉS LUNA PRIETO

Andrés Luna Prieto
Córdoba, 4 de abril de 1951 - 3 de mayo de 2017


Mensaje póstumo de Andrés a los compañeros del
seminario de Santa Mª de los Ángeles (Hornachuelos)

Después de más de 50 años ha sido un honor y un orgullo volver a encontrarme con todos vosotros.
Os quiero a todos.
Esto no es un adiós pero un hasta luego.
Andrés Luna Prieto

domingo, 30 de abril de 2017

REUNION DE LOS VICARIANOS CORDOBESES

EN LA MUY NOBLE Y LEAL SOCIEDAD DE PLATEROS,
A 27 DE ABRIL DE 2017

               Aunque el día no propiciaba el salir fuera del apacible hogar, las ganas de tertulia insuflaban ánimos adversos a este primer impulso (¡ha quedado bien el arranque!)


               Lo curioso es que, como en algunos notorios espectáculos, se habían vendido todas las localidades. Efectivamente, en la puerta figuraba el letrero de “todo el papel vendido”. Menos mal que nuestros, ya entrañables anfitriones, presos de amabilidad, se aprestaron urgentemente a aumentar el aforo, colocando otra mesa más. Y es que en esta ocasión, el número de asistentes sobrepasaba, en gran manera, nuestro recinto de actuaciones. Menos mal, porque pronto empecé a agobiarme de tanto correrme (con perdón) de un lado para otro. Contamos con la inestimable presencia de Lola y Mari. Como nos vemos en las fotos, creo que voy a pasar de indicar los nombres de todos, ¿os parece?

               Como si no hubiéramos tenido bastante, con el día casi anterior, nos pusimos manos a la obra, o mejor dicho: dimos rápidamente suelta a la sin hueso que, sin freno alguno, deambuló por entre lo divino y lo humano, ¡sin parar!  Indiscutiblemente, nuestro primer acto fue brindar por nuestro querido Andrés Luna. ¡Cómo nos cundía! Con eso de que había nuevos en la palestra, pretendíamos sacar todos los trapos, antes de que el tiempo empeorara.

               Esta vez, se dio un buen repaso al edificio de Santa María de los Ángeles. Sí, sí, al edificio. Tratábamos es esclarecer los lugares por donde transcurrieron parte de nuestras vidas. Es una tarea que ojalá lleguemos a completar. Dibujar el edificio, poniendo nombre a todos los rincones. Quizás así, nuestra memoria, haga sacar al exterior un mayor número de vivencias. A ello nos comprometimos y desde aquí, hacemos extensible, a todos cuantos quieran comprometerse, en esta tarea de “edificación”. No hace falta realizar un dibujo profesional, sino del modo más sencillo, pero donde se ubiquen todos los sitios. Ya habrá expertos que lo plasmen de una manera más perfecta.

               Metidos en faena, ¡ah, por cierto!! Hablando de meter… esta faena se realizaba mientras nos “introducíamos, entre pecho y espalda, nuestros bocadillos de caramales”, claro está salvando el régimen que frecuentemente viene realizando nuestro Paco Sánchez: ensalada de lechuga y tomate, con algo de acompañamiento de gambas rebozadas. Como iba diciendo… uno de los nuestros (no digo el nombre por aquello del secreto de confesión) relató una anécdota que, por si sola, es digna de ser plasmada en el blog. Sin embargo, como fue magníficamente expuesta allí, ha de ser reflejada aquí. Voy a tratar de plasmarla:

               “Recordad, el día en el que un camión de grandes dimensiones, aparcó en la puerta de San Pelagio. En su interior, libros de todo tipo y tamaño. Habían sido donados. Una larga fila de escuálidos seminaristas, cual porteadores de aquellas películas africanas, (bueno, yo diría como en las de los indios, ya que constituimos una larga fila) trasladaban aquellos valiosos ejemplares, desde la puerta de la calle, hasta las estancias de la Biblioteca. Como no pudieron ser instalados, en tu totalidad, en aquel recinto, algunos fueron a parar a una habitación de enfrente. Un día se me ocurrió entrar en esa habitación y observé aquella mercancía. Mira por donde encontré “Las fábulas de Samaniego” Un ejemplar de pinta antigua y sin darme cuenta, se pegó a mis manos, con gran devoción. (Aún lo conservo con sumo cuidado) Otro día, se me pegó otro, pero esta vez fue a parar a un librero, de libros usados, a cambio del cual me entregó la, nada despreciable, cantidad de 27 pesetas, que para aquel entonces cubrió las necesidades, del fin de semana, mío y de algún que otro compañero. Ni que decir tiene, que la operación se fue repitiendo durante varios fines de semana, hasta que los libros pasaron a un lugar más protegido de mis “devaneos”.

               Creo que Samaniego iluminó a nuestro compañero, el cual, ingeniosamente, sacó esta moraleja:
Qué más da donde esté el estante,
para un libro añejo,
si en el de un librero de viejo
o en el de San Pelagio rebosante.

La iglesia, como buena hermana,
tiene como fin ayudar,
¿por qué pues, no me ha de procurar,
un buen dinerito, para el fin de semana?
                                                                             (pongo Anónimo, así parece más antiguo)

               Desde luego, tenemos historietas de todos los gustos. Contó otra, pero esta es más digna de ser relatada por nuestro Fili: a él se le dan mejor contar esas cosas del “gustito” Le daría ese puntillo que yo no sabría.

               ¡Que cosas!

               También planteamos realizar una excursión a Santa María de los Ángeles. Manolo Vida y Paco Sánchez, están en ello. Ya lo indicaremos oportunamente.
               
          En esta ocasión, desde Baena nos acompañó nuestro compañero Antonio Bazuelo y desde Montserrat de paso por Córdoba Juan Cabello, los cuales fueron investidos "Caballeros Vicarianos" por nuestro maestro de ceremonias Maese Paco Sánchez.
               Después de más diversión y charla, eso era de lo que se trataba, fuimos, mejor dicho fueron, abandonando el aposento. Otros, continuamos un ratito más.

               Por cierto, tenemos las bendiciones de Antonio, el Posadero Mayor o dueño, para que se constituya allí nuestra sede. Nos pondremos manos a la obra.
               Hasta la próxima.

               Cuidaos


               Andrés Osado
              Córdoba, 30 de abril de 2017

sábado, 29 de abril de 2017

Buenos días, cuñao

Buenos días, amigos. Hoy he amanecido con una noticia muy agradable. No, no me tocó anoche el cuponazo, no es pa tanto. Ha sido otra cosa. Algo que tiene que ver con la emoción y los sentimientos. Nada, que de la noche a la mañana ha resultado que Andrés, nuestro querido Andrés Luna, y yo somos cuñados. Así, de sopetón. ¿Cómo es eso, hombre? Ni él ni yo estamos ahora como para cambiar de pareja, ¡no te fastidia! No, no es eso. Veréis, un muy querido amigo, paisano y lector asiduo de mi blog, me ha confesado por teléfono que, siendo él superviviente de un cáncer, se siente tan ligado a la gente que lo padece que se considera hermano de todos los sufridores de tal dolencia. De manera que siendo así la cosa, resulta ser cuñado mío toda vez que se hace pasar por hermano de mi mujer. Y como esa teoría suya de la gran hermandad cancerosa es muy de mi agrado yo la hago extensiva a todo mi mundo conocido. Andrés, por tanto, es hermano de la Peque. Así que ya lo sabéis: desde hoy mismo tengo un cuñado a estrenar.

De estos cuñados con quienes uno hubiera deseado intimar más; cuñado que llega a tu vida con mucho retraso y con la distancia física como elemento contrario. Del seminario lo recuerdo más por los apellidos que por su imagen física. Coincidí con él un año en Los Ángeles y dos en San Pelagio, creo. Pero no intimamos. De haber sabido yo este futuro parentesco nuestro lo hubiera intentado con más ahínco. Yo tenía mucha más relación con la gente de su curso que era futbolera o empollona -pares cum paribus facillime congregantur-, como Tenor, "El Paiza", Antonio Lara, Torrico, Ramírez, Paco Ruiz, Paco Gálvez, Manolo Gutiérrez, Valenzuela, Pepín y Manolo Estepa (por amistad y paisanaje) o "El Añoro" (no precisamente por futbolero). Éramos tantos que resultaba imposible congeniar con todo el mundo, cada cual se buscó su grupito de íntimos, es natural. Pero sí creo recordar que ya por entonces -genio y figura- era un chaval moderno y fogoso, un disfrutón con mucho más fervor por la música moderna que por las letras. En los primeros años de San Pelagio formó parte del grupo musical "los Cuervos", junto a otros perchas como él: Manolo Gutiérrez, Pepe Castro, Andrés Osado y Rodríguez Gutiérrez. Debió dejar el seminario al terminar sexto curso, creo yo, antes de entrar en Introductorio. Y muchos de nosotros lo hemos repescado ahora.

Creo que en este intercambio de roles, en esta nueva relación de familia, salgo yo favorecido. Andrés recibe un cuñado calvo, larguirucho y mal conformado, tuerto de cadera izquierda y con un corazón quemado a cortocircuitos; un buen médico, sí, pero ya jubilado, sin las ansias de antaño; un aprendiz tardío de escritor; un hombre llamando con insistencia a la puerta de la vejez; un abuelo baboso, eso sí; un marido monótono, rutinario, cansado y cansino. Un cromo. Sin embargo, a mí me llega un cuñado de mi edad pero que ha vivido el triple que yo; un hombre polifacético, proactivo y emprendedor; un buen cordobés amante de su suelo y de sus tabernas; un senequista observador y sufridor con las palabras justas. "Compadre, qué bien se está hablando poco". Y el otro: "Mejor se está sin hablar nada". Pues eso. Un lector empedernido, poseído. Podré presumir de un cuñado activista y generoso en tiempos heroicos, un tipo que se jugó su puesto de trabajo en el manicomio de Alcolea enfrentándose a las monjas todopoderosas para que los locos internos pudieran disponer de sus propias cartillas bancarias y de sus dineros, y que contribuyó de manera definitiva a mejorar la calidad de la vida de los mismos; que fue capaz -temerario diría yo- de llevarse a los internos a dar un garbeo por la Feria de Córdoba o por los Patios. Ríete tú de los maestros al cargo de una jauría de niños de excursión. Me sentiré más que orgulloso de un administrador de aquel centro que se llevaba a su casa a dormir a un antiguo compañero de seminario ingresado por entonces por problemas de depresión. Para tenerlo mejor vigilado. Para que no durmiera con locos. Aplaudiré aquella ocurrencia suya, verdadera locura -dime con quien andas y te diré quien eres-, de utilizar una ambulancia del manicomio con su sirena tronante y todo para llevar a su mujer a la Feria eludiendo así los atascos. Intentaría, si pudiera a mis años, emular su espíritu aventurero, yo que he sido siempre un cagao, un pusilánime. Un tío, Andrés, capaz en sus años mozos de ir en su moto Guzi hasta Mondragón solo para devolver un monedero de cordobán que un ligue, vasca ella, se había dejado olvidado en Córdoba. Con sana envidia rememoro para vosotros sus aventuras por el mundo, de resultas de una de las cuales se trajo para Córdoba a su nueva pareja, su queridísima Jenny, su sostén, alivio y consuelo, su palo mayor en estos tiempos de naufragio. Mi mujer, su hermana repentina, podrá admirar la faceta artística de este prohombre autodidacta, que a un servidor no le ha sido dada la gracia del arte. En nuestra próxima visita a Córdoba será obligada la contemplación de la efigie del padre Bonifacio -gran benefactor cordobés- en el patio central del hospital de San Juan de Dios, obra culmen de este cuñado mío. En fin, amigos, aprenderé de él la lección más soberbia que nos está dando a todos: su valentía y su entereza ante la adversidad. Ahí lo tenemos cada mañana como gallo kikirikí despertándonos a todos con sus buenos días optimistas y positivos. A pesar del trallazo de Sinogán nocturno.

Mi querido cuñado Andrés, muy buenos días y bienvenido a mi familia. Nuestra familia.


lunes, 24 de abril de 2017

XXIV ENCUENTRO ANUAL – LUCENA

Crónica del encuentro



Por fin llegó el día señalado, en nuestro calendario anual, donde nos íbamos a encontrar los “niños de Santa María de los Ángeles”. En esta ocasión, Lucena.

Fieles a esta llamada, las caravanas fueron encaminándose, desde todos los lugares de nuestra “piel de toro”, a la emblemática y muy antigua localidad de Lucena. Muchos fueron los medios utilizados para realizar el camino, tantos que a este relator le costaría muchos esfuerzos detallarlos exhaustivamente. Por eso, lo dejamos aquí.

Los de Córdoba, partimos con un cierto pellizco en el corazón, por dejar a alguien atrás, pero pronto desapareció, pues Andrés Luna nunca dejó de estar presente entre nosotros. No hubo un minuto, a lo largo de toda la jornada, en el que, por unos o por otros, por unas o por otras (como dicen ahora lo políticos) dejara de mentársele… fue difícil no hacerlo.

Una de las caravanas, la que partía de Córdoba, tuvo el asesoramiento “in itinere” de nuestro compañero Frasqui. Se portó como un jabato, dando instrucciones al conductor, sobre el camino a seguir. Pero… (siempre hay un pero) a sólo unos minutos del final, una voz telefónica le indica:

−Cuando lleguéis a la rotonda, tirad hacia arriba.

El, obediente, le indica al conductor el camino de una cuesta hacia arriba. ¡Que si quieres arroz Catalina! El final de la cuesta… ¡era un descampado! Vuelta atrás, y la voz vuelve a repetir:

−No, es la situada al frente de la rotonda.

Esta vez sí. Por la del frente, llegamos a nuestro destino. Todo esto se hubiera solucionado si en Santa María de los Ángeles, en vez de tanto latín, nos hubieran puesto “Barrio Sésamo” y así sabríamos perfectamente lo que es “arriba”, “al frente”, “derecha e izquierda”. ¡Es que no tenemos remedio!

Tras los correspondientes saludos, nos encaminamos, junto con nuestra simpática y docta guía, al primer punto de la visita monumental: La Iglesia de San Mateo. En ésta, nos dio tiempo a volver a recordar toda la Historia Sagrada que habíamos aprendido (ojo con quien no estuviera atento a las explicaciones, pues de vez en cuando se nos increpaba con alguna pregunta). “Lo hago para ver si estáis atentos”, decía nuestra amable profesora de religión. Pero… (otra vez) no sólo aprendimos religión, sino urbanidad, ya que en una de las “estampitas didácticas” del retablo del altar mayor, se nos hizo ver, el mal carácter de un personaje (y tanto, se trataba nada más y nada menos que el jodido Judas) al estar con los pies cruzados sobre las rodillas y mirando para Antequera. “En la iglesia no se puede estar con los pies cruzados y mirar para otro lado. Eso es de mala educación”. Fuera bromas, nuestra guía estuvo genial, durante el largo recorrido que hicimos, por diversos monumentos lucentinos. Por cierto, no puedo dejar pasar por alto, la buena explicación que se nos dio sobre “la mierda” (con perdón) y de cómo se ha mantenido durante tantos miles de años en la cueva “Del Ángel”. Por lo menos Antonio Martínez (que por cierto se portó como un campeón, a pesar de sus dolores) lo aprendió perfectamente. ¿No?

Para un servidor de ustedes, lo mejor de recorrido, se produjo en el Ayuntamiento. Buen recibimiento se nos dio, por parte del Primer Teniente de Alcalde y Concejal de Cultura. Hizo entrega de un Velón de la ciudad, para el grupo y otro para Antonio Luna. Y aquí se produjo el momento crucial de ese acto: Antonio Luna, se lo ofreció a Andrés Luna, por la gran labor que viene realizando para con todos nosotros. Hubo un largo aplauso, dedicado a Andrés. Resultó ser lo más emotivo del día.

A partir de ahí, los estómagos empezaron a reclamar algo más que cultura. El alboroto de las tripas, fue la señal inequívoca de que estaba llegando la hora de almorzar.

Tras una pronunciada “cuesta arriba” nos encaminamos a coger los vehículos, que nos condujeron al restaurante.

¡Con qué ganas tomamos nuestra primera cerveza! Esta vez el murmullo de los estómagos, se trocó en aplausos. ¡Qué contentos se pusieron!

Así entre cervezas, charlas y aperitivos, fuimos desgranando recuerdos, haciéndolos presentes nuevamente. ¡Convirtiéndonos en niños otra vez! Como hormigas, deambulábamos de corrillo en corrillo. Ahora aquí y luego allí. Incluso, cuando ya sentados y sentadas (vale, ya no lo pongo más) en las respectivas mesas, de la “tabla redonda”, nos volvíamos a levantar para pegar la hebra en otra mesa.

Como no podía ser menos, se efectuaron las correspondientes entronizaciones de vicarianos, impuestas por nuestro querido Paco Sánchez.

No pudo y no faltó, un recuerdo muy especial para Toñi y Fili. Verdaderamente se notaron sus ausencias. El año que viene estarán, nuevamente entre nosotros, como si nada hubiera pasado. Mucho ánimo que todo va a salir bien.

A requerimiento de Paco Molina, nuestro director de ceremonias musical, comenzamos con el repertorio de canciones. Palito nos deleitó con su voz, ¡qué bien canta! Tras el “Amigos para siempre” y el brindis por Andrés Luna, se dio rienda suelta a diversas melodías, acompañadas por el guitarrista Rafael Amaya Castilla.

Tomó la palabra Antonio Luna y tras agradecer la presencia de todos, nos comunicó que, el año próximo, nos veríamos en Priego de Córdoba.

Y, poco a poco, fuimos dejando el lugar vacio, pero llenos de gozo nuestros corazones.

¡Hasta la próxima! 

Andrés Osado Gracia
Córdoba, 24 de abril de 2017

martes, 18 de abril de 2017

Lucena sabrá comprender

Queridos todos: fuerza muy mayor ha obrado en estos últimos días para que un servidor no pueda asistir a la tan esperada reunión anual, esta vez en Lucena, ni disfrutar, como tantos años atrás, de vuestra cercanía y amistad. Todo el santo año concitando a unos y a otros, insuflando esperanzas y anhelos a través de estas páginas... y al final soy yo quien me rajo.
No se trata, ni mucho menos, de aquello de excusatio non petita, acusatio manifiesta. No. Nadie me ha pedido explicaciones, pero yo me siento en el deber moral de darlas. Por muchas razones. Porque mi casa fue la pionera, la primera que nos acogió a todos los que entonces éramos, hace ya más de veinte años. Porque he sido fiel escudero de nuestro ínclito caballero y líder de estos eventos, el Califa de todas las Alpujarras, don Antonio Luna Rodríguez. Porque me considero un buen animador y contertulio con todo el mundo. Porque Filiberto permanece como nombre imborrable en el universo del seminario. Porque en tantos años solamente he faltado a una convocatoria al encontrarme fuera de la península. Porque me considero parte vuestra. Porque...

Como sabéis, mi mujer, la querida Peque, ha sido operada hace una semana de un cáncer de mama. No debe cundir la alarma. El escenario que vivimos es el más favorable dentro de este mundillo estigmatizado. Como se suele decir, se ha cogido muy a tiempo, no hay ganglios, ni metástasis, y se va a curar del todo. Está muy animada, cualquiera que la vea ahora no se creerá que lleve solo una semana operada. Pero no me parece adecuado exigirle un día tan intenso de paseos, largas horas de pié, saludos y besuqueos (jajaja). El próximo jueves tenemos el TAC, el viernes, la gammagrafía... Demasiado ajetreo. Creo que lo más conveniente para ella es quedarse en casa descansando. Yo podría ir solo, es verdad. Pero mi sitio, en este momento -y en todo momento-, es estar a su lado.

Siento mucho, de verdad, no poder darles la acogida que se merecen las nuevas incorporaciones, tenía muchas ganas de saludar y abrazar a Pedro Calle, a Rafa Ruiz-Ruano, a Miguel Santaella, quizás también a Antonio Medina... y a todo quisque que se sume a nuestra celebración.

No hace falta que os lo diga: os quiero mucho a todos y os echaré mucho de menos ese día tan especial.

Un abrazo.

lunes, 10 de abril de 2017

UN CORDOBA DE PRIMERA

UN CORDOBA DE PRIMERA

CURS0 1968-69

Intentando ser fiel al estilo que he venido manteniendo en mis relatos, os contaré una anécdota, en este caso de menor calado. Aprovecharé la ocasión para rememorar algunos detalles de entonces y aportar algunas reflexiones personales. Los sesudos escritos sobre cuestiones filosóficas y morales, los dejo en manos de muchos de vosotros que gozáis de una “pluma” bastante mejor preparada que la mía.

15-9-1968 - Visita al Zoo de Córdoba
Manuel Jurado, Manuel Leal, Manuel R. Muñoz
Miguel Santaella y José A. Naz
Siempre he mantenido la opinión que hay una frontera en nuestra educación como seminaristas y como personas. A un lado están los cuatro años que pasamos en Santamaría de los Ángeles y al otro la estancia en San Pelagio.

Hornachuelos tuvo su encanto, pero representó un duro internado en mitad del monte, lejos de la civilización y de la comunidad de personas a las que se suponía que, dentro de algunos años debíamos atender espiritualmente al terminar nuestra formación.

El inicio de 5º curso en San Pelagio era un cambio tan radical y representaba todo un horizonte lleno de ilusiones para nosotros que enseguida comenzó a funcionar la memoria selectiva. De esta manera en muy pocas ocasiones recordábamos los cuatro años en Santamaría. Todo había quedado atrás. Sólo compartíamos aquellas anécdotas curiosas o alegres mientras los momentos malos, que los hubo, fueron pasando al olvido involuntariamente.

En esta nueva experiencia eché mucho de menos a algunos de vosotros, buenos compañeros y amigos del Seminario de Hornachuelos. La fortuna o las circunstancias favorables permitieron que 44 alumnos continuásemos con nuestra formación e iniciásemos un nuevo ciclo tan ilusionante. De estos 44 seminaristas, 32 éramos supervivientes de los 119 nuevos, que formábamos la hornada de 1964-65. En el tercer curso se unieron a nosotros 2 compañeros, Pedro Calle Ballesteros y José Ruz Estepa. Por este motivo no aparecen en las efemérides con foto que ha publicado Rafael Vilas. Los 10 compañeros restantes eran repetidores, incorporados principalmente en los cursos primero y segundo.

Nos dividieron en dos grupos y ocupábamos las dos aulas-clases que daban al patio de cemento. El cuadro de profesores era el mismo para las dos clases. Es decir que, si Don Ricardo Rivera venía a darnos clase de francés, primero impartía una hora a un grupo y a continuación se pasaba al otro. Esta era la dinámica común para todos los profesores.

En mi anterior relato nombré a tres profesores seglares que nos dieron clases. Hoy quiero recordar a un cuarto. Se trata de Don Francisco Benítez, profesor de ciencias. Era el más joven de los cuatro y de aspecto bien parecido. Tengo muy buen recuerdo de él, porque además de esta asignatura, nos dio clases de refuerzo y recuperación a los que teníamos pendientes algún grupo de la reválida de cuarto. Este era mi caso, tenía pendientes los tres grupos de la reválida. Gracias a las clases de Don Francisco conseguí aprobarla en los exámenes de julio. 

La verdad es que el inicio de 5º curso pintaba muy mal para mí y muchas veces pensé que acabaría repitiéndolo. Todo por culpa de los exámenes libres en Écija. Mi nivel de notas, en los controles dentro del Seminario eran bastante normales. Conseguía aprobados, aprobados altos y algunos notables.

Al llegar los exámenes en el Instituto de San Fulgencio, me ponía muy nervioso. Las preguntas de aquellos profesores desconocidos y sus formas de examinar, daban como resultado que curso tras curso fuese cosechando unas sabrosas calabazas. Las consecuencias eran meridianamente claras: todos los veranos debía estar más ocupado que durante el curso. Por las mañanas ayudando a mi padre en las labores del campo y por las tardes estudiando para tratar de recuperar las asignaturas en septiembre. Ese fue mi destino durante cuatro veranos. Deseaba que llegasen los domingos para poder salir con los amigos del pueblo a la piscina o realizar cualquier excursión.

No di realmente mi auténtico nivel académico hasta PREU. Las clases presenciales en el Instituto Séneca me permitieron aprobar todas las asignaturas en junio, incluida la selectividad. Por cierto que este hecho, significó el único y último éxito de mi corta vida como estudiante.

 M. J. - Torre de la Catedral 5-8-1989
De las salidas de paseo por Córdoba ya habéis contado algunos de vosotros las rutas preferidas. La Mezquita con su patio de naranjos, calles cercanas como la de las flores o del pañuelo. Plaza de las Tendillas con calle Cruz Conde etc. Otro destino que nos gustaba eran los jardines de la Victoria. Allí algunas veces nos encontrábamos paseando a las chicas de la Divina Pastora. Ellas con su uniforme y en perfecto orden, dentro de dos filas. Nosotros las mirábamos con cierta sonrisa cómplice del que va paseando con mucha más libertad. Tenía su pequeño interés pues dentro del grupo se encontraban dos paisanas de mi misma edad y sabían que eramos seminaristas. De inmediato me reconocían y con la mano o sólo con la mirada me saludaban o decían adiós.

Otro destino que empezó a ser un clásico era el paseo hasta el estadio del Arcángel. En el curso 68-69 teníamos a nuestro Córdoba de fútbol en primera división. Los domingos que jugaba en casa, después de la comida del medio día, nos poníamos de acuerdo y formábamos un par de grupitos que, a partir de las cuatro, iniciábamos nuestro paseo por la ribera del Guadalquivir hasta el campo de futbol.

Recuerdo que estuve muy pendiente de la visita al Arcángel del equipo que me había gustado siempre, el Real Madrid. Tengo que reconocer que en aquellos momentos lo del Córdoba era más fuerte para mí, pero presentía que cuando llegase la disputa de aquel partido, es posible que mis sentimientos estuviesen completamente divididos.

Mi amigo Manuel Rafael se enfadaba mucho y me decía que no podía entender que yo fuese simpatizante del R. Madrid y que le debía de dar las razones o los motivos para serlo. Le contestaba que seguramente eran las mismas razones por las que él era simpatizante del Athletic de Bilbao. Aparte de gustos deportivos, estábamos influenciados por la tradición familiar. En mi casa todos eran merengones.

 M. J. - Puente Romano de Córdoba 5-8-1989
Después de las vacaciones de Navidad, sobre mediados de enero de 1969, se produjo la visita del R. Madrid al campo del Arcángel, para enfrentarse a nuestro Córdoba. Hasta el estadio nos encaminamos un grupito de seminaristas con la ilusión de disfrutar del ambiente deportivo, pocas esperanzas teníamos de poder pasar al campo. Saltar la tapia era una misión casi imposible para nosotros. En mi caso al menos, tenía excesivo miedo a que me pudiesen detener y que se montara luego un escándalo en el Seminario.

Empezó el partido y al poco rato, la mayoría de curiosos se fueron marchando. Algunos decidimos quedarnos y comprobar las noticias que se fueran produciendo. Efectivamente, marcó un gol el Córdoba y fue una explosión de alegría que parecía que aquello se venía abajo.

Aprovechamos esta alegría por el gol para acercarnos a una puerta de entrada. Escogimos a propósito a un portero algo más mayor y que pudiera ser más comprensible con nuestra petición de que por favor, nos dejase pasar ya que éramos seminaristas y no teníamos dinero para comprar una entrada. La contestación fue más o menos de esta índole: “Hoy es imposible…el campo está pa reventar de gente…sólo pueden pasan los que tengan entrada”. Clarísimo como el agua.

A pesar de todo seguimos allí. Poco después volvimos a escuchar gritos y palmas. Era la locura, el Córdoba marcaba su segundo gol. Llegó el descanso con un 2-0 a favor y la gente del estadio se levantaba de los asientos para ir a los servicios o para comprar bebidas. En un momento determinado, el mismo portero, súper contento por el resultado, nos dijo que pasásemos a un grupo de 4 o 5 que seguíamos los acontecimientos. No nos lo podíamos creer. Rápidamente entramos corriendo y recuerdo que yo me situé en un lateral del campo, sentado en un escalón de la escalera de cemento que daba acceso a las gradas.

El segundo tiempo acababa de empezar. Sobre el césped los jugadores del Córdoba, puedo recordar a los Simonet, Jaén, Riera o Costa. Decían los entendidos que era una plantilla algo envejecida, pero aquellos jugadores habían llevado al equipo a primera división y se merecían, por tanto, el honor de poder competir con los equipos grandes. Por el cuadro madridista puedo recordar a Betancourt, Sanchis, Zoco, Amancio, Velázquez o Gento.

¡Ay Gento! ...Estaba situado justo a unos metros de nuestro lateral, que era la banda izquierda de ataque del Madrid. Las cosas que le podían decir mis paisanos los cordobeses al pobre Gento. Lo más suave como viejo, abuelo y gordo. Pero él impertérrito con todo el griterío, iba a lo suyo. Cada vez que cogía el balón levantaba la cal de la banda y el peligro se presentía en el estadio.

En una arrancada de aquellas, con jugada personal consiguió marcar el 2-1. A partir de entonces los gritos contra él se incrementaron y se empezaron a acordar de toda su familia, de los vivos y de los muertos. En otra jugada de extremo nato, dio un centro medido y cerca de puerta marcó Zoco o quizás Grosso el 2-2, que sería el resultado definitivo.

Para mi supuso una experiencia inolvidable. Tenía un sabor agridulce pues quería que ganase el Córdoba porque andaba muy necesitado de puntos, pero el empate final me pareció bien.

Hasta aquí la pequeña anécdota futbolera que me había comprometido a compartir con vosotros. Aunque me estoy alargando demasiado en mi actual relato, quisiera terminar rescatando del olvido, a tres personas que convivieron con nosotros en el día a día, los años que estuvimos en San Pelagio.

Uno es el señor Juan. Lo recordareis perfectamente. Era el portero-conserje del Seminario. En la entrada, al otro lado del mostrador de madera, de pie o sentado en la mesa. Detrás de aquellas gafas gruesas, unos ojos miopes controlaban el acceso al edificio. Tenía un carácter algo serio como para imponer respeto, pero en el fondo era una gran persona. Siempre dispuesto a facilitar información y atender los muchos encargos con los que la mayoría de las veces le incordiábamos.

Otra persona era Manolito. Pintoresco individuo donde los hubiera. Actuaba de ayudante del señor Juan, de recadero para todos y además trataba de paliar los pequeños problemas de mantenimiento que se iban presentando a lo largo de la jornada. Con un carácter más abierto le gustaba entablar conversación con cualquiera de nosotros y era el perfecto contrapunto al señor Juan.

Por último, estaba el señor Paco. Lo recuerdo con su mono azul, a veces con una escalera a cuestas. Un verdadero “manitas”, siempre preparado para solucionar los problemas técnicos más graves, de electricidad, fontanería, arreglos de albañilería etc. Una personalidad menos comunicativa, pero de gran eficacia en su trabajo.

 M. J. - Capilla de San Pelagio 5-8-1989
La última vez que estuve con Manolito fue en agosto de 1989. Me encontraba pasando las vacaciones en El Viso. Se presentó un día muy nuboso, sin sol y con bajada de temperaturas. Una bendición para la calima cordobesa que veníamos sufriendo. Sin pensarlo dos veces, le propuse a mi hija mayor que tenía 11 años enseñarle La Mezquita y otros monumentos cercanos. Mi mujer no vino porque estaba a punto de dar a luz y mi hija pequeña dijo que no le interesaba aquella excursión para ver edificios.

Visitamos la Mezquita y de paso hacia el Alcázar me encontré en la puerta del Seminario. Estaba medio abierta y no pude evitar de empujarla. Allí a un metro de nosotros se presentó Manolito. Lógicamente no me recordaba por nada en especial después de casi 20 años y de tantos alumnos como pasamos por aquel Centro. Estuvo de lo más agradable. Nos acompañó y permitió que visitáramos las estancias comunes de la planta baja. La Capilla grande, los patios de cemento y el de San Pelagio. Pude tirar algunas fotos. 

Lo que más me llamó la atención fue que el comedor lo habían transformado en un patio de luz, con jardineras y una fuente en el centro. Precioso. Favorecía este cambio porque el techo era un cerramiento acristalado por donde entraba abundantemente la luz del sol. ¿Lo recordáis?

En la foto que acompaño, el de la izquierda es Manolito. La persona que está a la derecha, se presentó como un ayudante de la portería. Muchas veces me he arrepentido de no haber aprovechado mejor aquella oportunidad y haber visitado todas las dependencias de los pisos superiores y que tantos recuerdos tengo borrosos en mi cabeza. En fin, para ser una visita improvisada tampoco estuvo mal.

Desde aquí mi recuerdo y agradecimiento a Juan, Manolito y Paco, por ser como fueron, tres sencillas y excelentes personas.

Nada más. Gracias por vuestra paciencia. Nos vemos en Lucena y espero daros un abrazo a cada uno de vosotros.

Manuel Jurado.

Mostoles, abril de 2017