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lunes, 6 de marzo de 2017

EL BARRO DEL BEMBEZAR

Crónicas de los Ángeles

Aunque no tengo mucho tiempo, -sigo en el tajo-, Rafa Vilas me pidió hace días que volviera a escribir algo para el Blogs. Ante tal petición de nuestro ínclito e impagable “master”, he buscado este fin de semana, no sin dificultad, un rato de tranquilidad, soledad y ejercicio de memoria, para redactar estas líneas continuistas de mis Crónicas de los Ángeles, que espero ayuden a resolver el puzle de nuestra estancia en el Seminario y además calmen el ansia y la dependencia que declara tener por estas anécdotas, nuestro apreciado Pedro Calle. Va por él.

Corría el mes de Junio del año 1964, (curso 63/64), primer año de mi estancia en Los Ángeles, cuando ya se olían de cerca las vacaciones y los exámenes finales estaban a vuelta de hoja, me sucedió otra aventura accidentada (la anterior fue un mes o dos antes, ya narrada en “El partido de fútbol y la lanza”) de la que al final también salí bien parado. Mi Ángel de la Guarda tenía, tiene y tendrá bastante trabajo conmigo, lo tengo esclavizado, pero me quiere.

Puente de Los Ángeles sumergido en las aguas embalsadas
de la presa del Bembezar
Era domingo, y por aquello de romper la rutina, aprovechando que habían desembalsado la presa de Hornachuelos por unas obras, el río estaba muy bajo y en vez de bañarnos en la piscina, nos bajaron al cauce del Bembézar. Allí se formó el jolgorio “padre”. Unos se dedicaron a coger peces con las manos debajo de las piedras, otros bañándose, los más, retozando y corriendo por las orillas de barro. Os podéis imaginar a ciento y “pico” niños sueltos y con mucho espacio, después de todos los días de la semana enclaustrados.

Pues bien, unos pocos, nos dedicamos a guerrear con el barro, como si de pelotas de nieve se tratara. Nos pintamos con el lodo varias figuras y rayas en el pecho y espalda, distintas para cada bando y se inició la batalla. A poco que comenzamos, muchos de los que nos miraban se fueron uniendo a un bando u otro, dependiendo equitativamente del número de “soldados” que cada ejército tenía. Éramos caballeros, no había que dar ventaja a nadie. Las bolas de barro, moldeadas al efecto, volaban por todos lados y en cualquier dirección. Todos buscábamos una protección, a modo de parapeto, para esquivar los proyectiles. Al que se le acertaba caía eliminado.

Tomando un baño en la piscina de Santa Mª de los Ángeles
Y así de esta guisa, sucedió que, estando mirando en una dirección, volví la cabeza y encontré como una bola, -a mi me pareció la bola del mundo-, a medio metro de mi ojo derecho, se me venía encima sin oportunidad de esquivarla. El impacto fue certero, el barro se aplasto sobre la cuenca del ojo y me dejo como un pirata, con el ojo tapado. Los que estaban cerca se dieron cuenta del percance y avisaron de inmediato a D. Antonio, que también andaba por allí. Cuando el cura se acercó y vio que me chorreaban por la cara unos hilos de líquido grisáceo, con origen en el lugar del impacto, se temió lo peor: que el ojo estuviera afectado. No vi nunca a D. Antonio tan nervioso (parece que también tenía su corazoncito). Me llevó a la orilla del agua y me lavó el barro, tanto del ojo, como del resto del cuerpo y enseguida para arriba. El ojo lo tenía amoratado y cerrado, así que al día siguiente, furgoneta y tartana y a Córdoba, al oculista. Después de la revisión médica, en la que se constató que el ojo no tenía ningún daño, que solo era el moratón por el golpe, me llevaron a San Pelagio, donde por un día fui el centro de atención, como el niño pequeño de una familia, de los seminaristas mayores. La teoría del oculista fue de que el párpado en un acto reflejo, se cerró milésimas de segundo antes de que la bola llegara, de esa forma se protegió el globo ocular y solo quedó el daño superficial del moratón. El líquido que bajaba por la cara era parte del agua turbia que destilaba el barro.


Al día siguiente, otra vez furgoneta y tartana y a Los Ángeles. Mis más allegados me esperaban ansiosos, expectantes y preocupados por lo que hubiera podido ocurrir. Cuando llegué y tomaron noticia de que no pasaba nada grave, nos abrazamos, sobre todo con el lanzador (Nieto Vallín) y nos alegramos de que el incidente quedara sólo como una peripecia más de las que nos ocurrieron en aquellos tiempos y que se grabaron en mi memoria, como hechos destacados (por protagonista) de nuestras correrías y fechorías infantiles.

El diagnóstico del oculista fue totalmente acertado, ya que empecé a usar gafas con 26 ó 27 años, por culpa de las malditas pantallas verdes de los ordenadores.

Pedro, aquí llevas una “caladita” del gran cigarro que todos nos fumamos. Espero que por un momento calme tu adicción a estas narraciones anecdóticas y como dice El Fili, te prometo más, no sé cuando, pero las tendrás, tú y todos.

Un abrazo, salud y suerte para todos. Sed felices.

El Niño de los Ángeles

8 comentarios:

  1. Muy bien Niño, un relato en toda regla y maestría. Ciertamente, por un momento has dado calma y alegría a nuestro quehacer diario. Gracias por ello, y... "TU QUE LO PUEDES VER, GRACIAS A TU ANGEL". Un fuerte abrazo

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  2. Querido Antonio Gómez. Gracias por el detalle de buen colega compartiendo el propio "costo".
    A la satisfacción por tu simpático reconocimiento se une aquí el disfrute del precioso relato cinematográfico que te has marcado.
    Con este son trece tus relatos variopintos en el blog. Yo no soy quien para poner medallas a nadie pero me descubro ante un escritor de oficio como tú.
    Habrá quien piense que todo esto no es más que peloteo pero seguro que no conoce la soledad del escritor de fondo.
    Yo no llegué al Seminario hasta el curso 65-66 y sólo me aventuré a intentar pescar en el Bembezar un día con un anzuelo elaborado con un alfiler, y un cordelillo. Por probar que no quede. La foto del puente es otro descubrimiento.
    Mientras consigo algo de "material" en mi memoria recibe un gran abrazo.
    Pedro

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  3. Antonio, nosotros no conocimos al Bembézar escaso que tú cuentas. Nuestro río era siempre caudaloso, calmado y taciturno. Creo recordar que solamente una vez nos bañamos en sus aguas traicioneras, a escondidas de los curas, con ocasión de bajar hasta lo hondo de la huerta en busca de la pelota perdida.
    A nosotros nos llevaban al Guazulema, un arroyo inocente y saltarín, donde guarreábamos y nos revolcábamos, pero, más cívicos que vosotros, no llegamos a tales fechorías como la que cuentas. Siempre ha habido clases... Jajaja.

    Un fuerte abrazo.

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  4. Antonio, magnífico relato sobre aquellas peripecias infantiles a orillas del río Bembézar, en mi época siempre lo vimos lleno y tranquilo.
    Solo en una ocasión nos metimos en sus aguas llenas de ramas caídas, el amigo Moreno y yo, por orden de la superioridad para arrear unas vacas asustadizas, que nos cortaban el paso.
    Un abrazo.
    Juan Martín.

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  5. Querido amigo Antonio, recuerdo perfectamente esa bajada al río y debido al lodo hubo más de un susto. Recuerdo también que Prieto Ruiz pasó un buen susto al no poder salir del agua al quedarse atrapado en el fango del fondo.Por entonces la piscina sólo existía en los planos. José María nosotros en junio del 64 y 65 también nos bañamos en el Guazulema. Un abrazo

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  6. Hola Pepín, me alegro de encontrarte por estos lares. Tú tienes una buena cabezita, deberías animarte a contarnos cosas. Un abrazo.

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  7. Antonio te felicito por tu relato y por compartir esa anécdota en el rio Bembezar, que gracias a la excelente foto del puente, nos podemos hacer mejor idea de la situación en la que se produjeron los hechos. Los que entramos en el 64-65 nunca pudimos disfrutar de esa bella estampa.
    Desde luego tienes que estar muy agradecido a tu angel de la guarda, contigo tuvo mucho trabajo extra.
    Recibe un cordial abrazo.

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  8. A los de nuestros curso -no sé si a todos- sí nos llevaron una vez a bañarnos en el Bembézar. No recuerdo el año, pero fue una excursión hasta la presa, por la "rive gauche". Allí, después de asustarnos lo suficiente, los curas nos dejaron bañarnos. Recuerdo lo fría que estaba el agua. 100 grados bajo cero, por lo menos.
    Un abrazo a todos.

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