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domingo, 12 de marzo de 2017

Viaje en el tiempo

"Ora et labora"

Meditaciones metafísicas a la sombra de un andamio 


La mayoría de los alumnos que llegábamos al Seminario de Sta. María de los Ángeles en Hornachuelos, veníamos de nuestros pueblos de origen un poco verdes. Provincianos y con la manta a cuadros terciada al hombro, como en más de una ocasión nos dijo en broma alguno de nuestros profesores cuando nos veían perdidos, o cuando se nos pedía en voz alta que nos centráramos, ante alguna torpeza cometida en fila por nuestra falta de tino: ¡Suelta la manta de una vez!

Y nosotros obedientes, procurábamos mejorar.


Sin embargo con el paso del tiempo, me aferré con fuerza a aquella manta virtual a cuadros, que no se nos caía del hombro. 
En más de una ocasión a lo largo de los años, vi en aquella manta como un abrigo de valores y de autenticidad, del que no he querido desprenderme nunca. 

Comento una anécdota sobre mi pueblo ocurrida en los Ángeles: En Montoro, cerca de la calle de la Coracha donde vivíamos, había un convento de monjas de las Hermanas del Patrocinio de María, en la calle de Jesús. 

Allí recibí mis primeras lecciones, de la mano de una monja llamada Sor Pasión. 

En los Ángeles, creo que ya en tercero, un día hablando de mi pueblo de nacimiento con la hermana que regentaba la cocina, a la que le pedí unos retales de tela para construir las velas de un barco que hacía, le comenté aquel hecho de párvulos en Montoro. Y me dijo la hermana, que conocía a aquella monja que fue mi maestra de pequeño, me dijo que era su compañera de oración.

Resulta que las monjas del Patrocinio de María de Montoro, eran también las encargadas en los Ángeles de llevar la responsabilidad de la cocina y la limpieza del Seminario. 

Definitivamente el mundo es un pañuelo. 

Como digo; nunca me pude imaginar que en plena Sierra Morena, yo iba a tener la oportunidad junto a otros doscientos chavales, de encuadrar mi vida estudiantil en los primeros y fundamentales años del bachillerato. 

Quiero hacer un repaso de la importancia que tuvo para nuestras vidas las enseñanzas recibidas, por parte de aquellos profesores en los cuatro primeros cursos de bachillerato. 

El profesorado estaba formado por los curas diocesanos del centro, salvo dos profesores titulados que subían del pueblo de Hornachuelos. 

Sin embargo, una de las cosas que recuerdo como muy curiosas para mí en aquellos primeros años, fueron aquellas meditaciones y ejercicios espirituales que llevábamos a cabo con rigurosa seriedad. 

Aquel silencio a todas horas durante el tiempo que duraban, era algo impresionante. 

Se nos aleccionaba sobre las lecturas del Evangelio en donde se hablaba de respeto a la idea de Dios Padre, del sentido reparador de la oración, de la importancia del conocimiento del mensaje de Cristo, y de la responsabilidad individual de continuar la obra misionera de los apóstoles. 

También se nos hablaba de las vidas ejemplares de Santos y Santas que murieron como poco en defensa de su virginidad. 

Cuando bajábamos al pueblo, comprábamos en el kiosco tebeos que versaban sobre aquellas vidas ejemplares de santos y mártires. Nada que ver con las aventuras del Capitán Trueno, el Cachorro, el Jabato y otros de aquella época, que eran los tebeos que la chavalería coleccionaba. 

Los seminaristas íbamos siempre en fila y en orden, al menos al principio. 

Así era aquel esquema formativo que se nos troqueló en nuestras mentes juveniles, uniformando a aquellos chicos venidos de todos los pueblos de Córdoba, con mejor o peor acierto pedagógico. 

Recuerdo que en aquellos años aprendí a nadar en aquella enorme piscina, algo que luego me ha servido en la vida común y corriente para disfrutar del mar, sin el miedo al agua tan común en la gente de tierra adentro. 

En aquellas primeras etapas nuestras de formación, como es lógico, también se incluía el deporte. 

El fútbol era el deporte rey por excelencia para la mayoría, pues todos lo practicábamos en los recreos y en los fines de semana en aquel campo de tierra inclinado, a mí me gustaba jugar de lateral izquierdo. 

El baloncesto y los juegos de mesa eran otros de los juegos preferidos. 

Entre horas cuando teníamos recreo, íbamos disparados hacia los futbolines y el ping-pong que había instalados en una zona cubierta del patio. 

Había verdaderos maestros, 

igual que pasaba en el estudio, había chicos de un alto nivel en algunos juegos de mesa. Había compañeros que eran insuperables.

Los superiores en algunas ocasiones, nos mandaban hacer trabajos sobre los temas relacionados con las inquietudes sociales y religiosas, que luego se exponían en las paredes del pasillo anexo al patio, dando un premio a los mejor confeccionados. 

El Seminario de los Ángeles, era un micro universo docente en pequeño, instalado en plena Sierra Morena para doscientos alumnos, que incorporaba los cuatro cursos primeros del bachillerato. 

En vacaciones sin embargo, mi actividad se orientaba al trabajo laboral, y a recuperar algunas asignaturas pendientes que arrastraba de segundo. Pues en maestría algunas asignaturas de bachillerato como los idiomas no las había dado nunca, y en S. Fulgencio me examiné de ingreso, 1º y 2º en un solo año, con lo que se me amontonó un poco el trabajo de recuperación. 

Recuerdo que un verano, mi padre contrató a un albañil para hacer unos arreglos importantes en nuestra casa, y como yo tenía alguna formación en los cuatro oficios básicos, mi padre me ofreció al albañil como peón. 

Pasar del pupitre al andamio fue muy duro, los primeros días sufrí de agujetas en todo el cuerpo, mi madre me compró un linimento con el que me daba friegas. 

Aquel albañil como profesor del andamio, había cambiado el libro de texto por un palustre, ladrillos, arena y cemento, y me pedía material sin descanso. 

Decía que la nueva juventud no valía para nada, que no sabíamos lo que era el sufrimiento y el pasar necesidades, que era pasando penalidades donde se forjaban de verdad los hombres. 

Yo le escuchaba sin decir ni pío, y seguía arrimándole mortero y subiéndole ladrillos empapados por la carrucha. Pasados unos días me fui encontrando mejor, empezando a dominar el trabajo, sin resentirme tanto del dolor de espalda. 

"Ora et labora": Decía la regla de S. Benito, y qué razón tenía. 

Con las manos llenas de callos y los huesos doloridos, las ciencias y la metafísica entraban por ósmosis solas en la cabeza. 

En el Seminario, empecé a interpretar el concepto religioso sobre el que se basaba nuestra formación particular al margen de las humanidades. 

Nuestra meditaciones y retiros eran básicamente un conjunto de actos, según el calendario, que iban desde la misa diaria, la meditación, las oraciones en pequeños actos comunitarios, y las charlas de nuestros superiores en función de los meses y las festividades que se celebraban. 

Empecé a entender, que la oración era un acto de reconocimiento y humildad ante la Divinidad desde nuestra frágil condición humana. Que la idea de un Dios Padre, Creador Omnipotente; era la mejor forma de comprender nuestra existencia en la Tierra como seres humanos, evolucionados y cultos. Y que Jesús-Cristo, fue enviado para enseñar la doctrina de compasión y amor fraterno, redimiendo al mundo con su Palabra y Sacrificio de la situación ignorante y materialista. 

Siendo la Virgen María, nuestra valedora terrenal ante la figura de su Hijo Jesús de Nazaret, crucificado en tiempo de los romanos acusado de ser el Masías, el esperado rey libertador del pueblo judío, así como de ser proclamado el Hijo de Dios y tener capacidad de salvar y perdonar los pecados. 

Fue a partir de aquella formación especializada desde la doctrina Católica, cuando empecé a calibrar la importancia de que nuestra existencia: ¿Quienes somos? 

Los seres humanos, a diferencia del resto de animales terrestres, debíamos ser un proyecto ambicioso y medido por parte de alguien muy superior al ser humano, a quien llamábamos Dios, que estás en los Cielos. 

Y no una circunstancia espontánea o casual de la materia del universo, pues de la vida terrena se desprende la voluntad y también el entendimiento, únicamente en las personas. 

Primando nuestra libertad individual y la responsabilidad, sobre la material composición de nuestro cuerpo, caduco y finito como especie humana, capaz de evolucionar. 

Un sentimiento de trascendencia innato, buscado por el hombre prehistórico desde los primeros albores de la historia, y reflejado en todos los credos religiosos de todas las latitudes del mundo, desde la más remota antigüedad prehistórica. 

Aquel andamio con el maestro albañil pidiendo ladrillos, me puso a ras del suelo como estudiante seminarista, que coteja la teoría religiosa desde el sudor, los callos y el dolor de espalda, por una necesaria obligación de ayuda familiar. 

Viéndonos todos como hombres y mujeres iguales, puestos unos junto a otros en una existencia de mejora personal a partir de la nada, a lo largo del tiempo. 

En consonancia con el resto de las especies animales y vegetales del planeta, con el fin de aceptar la realidad de nuestra naturaleza por encima de la materia, y por debajo de la mano que nos plantó en la Tierra. 

Siendo nuestras vidas limitadas y circunscritas al pensamiento, solo una secuencia corta de toda una larga película, de la que no conocemos mientras vivimos ni el principio ni el final. 

Juan Martín Santiago

8 comentarios:

  1. Querido Juan Martín: Estoy contigo en que la mayoría de muchachos que llegamos allí estábamos más que verdes, y en que es un orgullo y una satisfacción para muchos de nosotros no haber soltado la manta, seguir fieles a nuestros orígenes por mucho que nos hayamos cultivado luego.
    Yo no sufrí los rigores del andamio. A mí me tocó el campo. Da igual. Los mismos sinsabores, las mismas agujetas, parecidos ungüentos. Al final, querido, me quedo con que lo importante de las personas, más allá de creencias y de metafísica, es que adquiramos la capacidad de ser felices y de ayudar a los demás a conseguirlo.
    Un abrazo.

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    1. Amigo José María estoy totalmente de acuerdo contigo, aquel legado de fundamentos nos apuntó en una dirección, que luego hemos ido aplicando en nuestras vidas particulares.
      Reconocerlo desde estas líneas, es lo menos que podemos hacer quienes por allí pasamos.
      Al final del recorrido, siempre queda sobre la mesa aquello que tiene verdadero valor para las personas.
      Un abrazo.
      Juan Martín.

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  2. Cada vez que te leo me convenzo más de que representas el seminarista ideal.
    Tu fe, tus valores cristianos bien arraigados, tu caracter reflexivo y considerado... te avalan.
    Respecto al trabajo manual duro, comentaré que a mí me sirvió para tomarme en serio mi proyecto como maestro de primaria. Y posteriormente para lanzarme a los arreglos caseros de todo tipo. De manazas pasé a manitas, aunque ahora me da pereza ponerme a hacer arreglos.
    Gracias por tu sentido alegato del espíritu humano. Estoy elaborando yo otro, algo más iconoclasta, por seguir al pie de obra.
    Un saludo afectuoso, Juan.
    Pedro

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    1. Amigo Pedro, es curioso ver como este blog nos está sirviendo a muchos compañeros después de cincuenta años, para continuar hablando entre nosotros a partir de lo que dejamos en el Seminario.
      Mi agradecimiento a aquella etapa viene principalmente, por haber constatado las carencias de principios observadas entre la gente en la vida posterior, que tanto deterioran la relaciones comunes entre las personas.
      Un abrazo.
      Juan Martín.

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  3. Amigo Juan: Te felicito sinceramente por tu relato. Sobre todo por tus reflexiones personales. Me han parecido muy sinceras y dibujan perfectamente el camino que has llevado a lo largo de tu vida posterior al Seminario.
    Me gustaría tener las cosas tan claras como tú las tienes. En cuanto a las preguntas claves sobre nuestro origen, nuestro papel en la vida o el más allá, sigo teniendo las mismas dudas que siempre he tenido y nunca he conseguido despejar. No sé si a esto le llaman falta de fe.
    Es cierto lo que dices que llegabamos a Santamaria bastante verdes y despistados. A algunos nos costó más que a otros abandonar aquel estado de ensismamiento. Todos recibimos a lo largo de los cursos más o menos la misma educación pero está claro que luego la vida nos ha ido llevando a cada uno por diferentes caminos. Es importante que hayamos llegado hasta aquí y poder comprobar que nos une precisamente aquellos primeros años de internado.
    Recibe un cordial abrazo.

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    1. Amigo Manuel, tus dudas son las mismas que nos llegaron a los demás, cuando un buen día nos pusimos a mirar alrededor nuestro preguntándonos por los porqués de todo.
      A mí me sirvieron muchos aquellos razonamientos de matemáticas y de filosofía, aquellos mecanismos de silogismos y ecuaciones.
      Deduciendo a partir de lo que veía ante mis ojos como original, y no de los postulados dictados o de los errores cometidos.
      Deduciendo por mí mismo mi propio manual de supervivencia, en este río revuelto de la vida en el que hemos aterrizado.
      Los cursos del Seminario sin embargo, representaron para mí una cartilla de lecciones de gran valor, filtrados por el tamiz de la razón, y pulidos con los años de la experiencia.
      Siempre he considerado una gran suerte, el haber podido contar con aquellos principios.
      Un abrazo.
      Juan Martín.


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  4. Amigo Juan: magnífico viaje "al centro de nuestra vida". No han hecho falta fotos, tú las has mostrado con excelentes palabras. Estoy de acuerdo con todas y cada una de tus palabras. Un abrazo.

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  5. Muy agradecido amigo Andrés por tus palabras de reconocimiento, es una gran satisfacción el compartir con antiguos compañeros de Seminario, este blog de encuentro y opiniones sobre lo que nos unió a todos en un tiempo ya un poco lejano.

    Un abrazo.
    Juan Martín.

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