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viernes, 26 de mayo de 2017

Te cuento Andrés

HOY SIMPLEMENTE VOY A PONER ESTE TITULO, QUE RESUME TODO:

EN LA SOCIEDAD DE PLATEROS, NUESTRA SEDE

Córdoba, 18 de mayo de 2017

Hola Andrés, hoy ha sido un día grande.

La sociedad de Plateros, la de tu calle San Francisco, ha relucido más que el sol. Esa taberna que, unas veces fue “Posada del Laurel” y otras “El Castillo del Terror”. Esa que, hoy, la hemos convertido en “Templo de la Amistad”: remanso de paz, ese atardecer del abril cordobés, donde rememorar esperanzas. Esa, a la que tú tanto empeño has puesto SIEMPRE.

Si, Andrés, porque hoy hemos estado todos juntos: los del Teleclub, tus amigos (ahora igualmente nuestros) y nosotros, esos niños traviesos de Santa María de los Ángeles. Jenny, con su presencia, su valentía y sus muestras de cariño, realzó aún más la velada. De una forma u otra, todos, estaban allí, como una piña. Ya sabes, no hace falta la presencia física para notar el amor que derrochamos entre todos. “Algo grande voló, entre aquellas cuatro paredes”

Quiero dejar patente y reconocer el esfuerzo que realizaron, Ana Mari y Manolo Sepúlveda. Prepararon el encuentro de tal manera y maestría, que ni el mejor cáterin lo habría conseguido. Fijate, que hasta hubo “caramales” pero si pan… con palillos, como exigía la etiqueta. Eso si, el plato de lechuga con guarnición de gambas rebozadas, para nuestros Antonio Gómez y Paco Sánchez, se pospuso para otra ocasión (creo que por falta de existencias) Bueno… esa vez dejaron el régimen para otro día.

¡Qué buen saque teníamos todos, los de uno y otro lado! Observando la animación de sus conversaciones, y su buen quehacer delante de esas riquísimas y variadas raciones, recordé que, antes… allá por los años 75 (en el bar San Francisco) las tertulias eran más sobrias… “sólo vino” ¡menudas cogorzas pillábamos! Menos mal que Ana Mari y Manolo han tenido buen salero y han sabido adaptarse a los tiempos. ¡Bravo por ellos! Y bravo por nosotros, ya que de lo contrario, esa noche, hubiéramos dormido en “el cuartelillo” por altercado público. 


Pero fíjate, pasó una cosa, aún más curiosa. Conforme fuimos entablando conversación, como Córdoba es tan pequeña, resultó que tu fiel y servidor amigo “El Catalán” Rafa, nos habíamos conocido, como vecinos de la Urbanización de la calle La Esperanza y Plaza de la Alegría, allá por mediados el año 80. Incluso sus hijos fueron amigos de alguno de los nuestros. Verdaderamente nuestro mundo, es pequeño. Las relaciones interpersonales tienen ramificaciones muy amplias. Y tú, el nexo de unión. Hasta un compañero de tu trabajo tiene relación con “el Niño de los Angeles” ¡Es que no se pué aguantá, tanta coincidencia! 

Como otras veces te he dicho, aunque no te guste que se hable de ti, elogiándote, en esta ocasión vas a volver a aguantarte, porque no te voy a hacer caso. El poso que has dejado entre todos nosotros es denso y radiante. No faltó un solo minuto de todas las conversaciones, que no giraran en torno a tu persona. Verdaderamente has dejado una buena consigna: amor, entrega y servicio hacia los demás. ¡Tu, siempre por delante, amigo! ¡El primero en dar ejemplo!

Pero para mí, hubo un momento muy entrañable. Vas a perdonar, si esta vez me refiero a mí. Ese tuvo lugar frente al otro San Francisco, el de la iglesia. Allí tuve el inmenso honor y placer de abrazar a tus dos grandes amores: Gisela y Jenny. Una fuerte emoción, o como dicen ahora nuestros jóvenes… tuve un buen subidón de alegría.

Es que no faltó nadie. Quizás noté la ausencia del municipal que te multó, allá por la Mezquita, cuando conducías esa “moto-bus” cargada de amigos, hasta los topes (ya no se si eran cinco o seis los ocupantes) 

¡Buena velada pasamos! Esta vez el posadero, Antonio, con sus alegres y serviciales amigos (que ya no camareros) se portaron de maravilla. No hubo problema alguno. Todo perfecto, hasta las cuentas.

¡Ah!... hablando de cuentas. Por parte de Ana Mari, no hubo problema alguno. En un periquete, como no podía ser menos, por parte de una profesional del pecunio, quedó resuelta la aportación de su grupo. Pero no fue así, por parte del otro, el de los curillas. Se nota que somos de letras. Casi una hora para poner de acuerdo a tanto “letrado” Menos mal que teníamos a nuestro Antonio Gómez: remangándose un poco la chaqueta y en sólo dos palabras determinó, con gran maestría, la forma de proceder. Dicho y hecho, en un santiamén “deo gratias” Manolo se encaminó hacia Ana Mari, para presentarle sus respetos y lo fundamental, el parné. Todo resuelto.

Y terminado esto, se fueron produciendo, lentamente, las despedidas.

Tal vez, en esta ocasión, esta crónica, no sea muy fidedigna. Que me haya saltado acontecimientos (aún no tengo el don de la ubicuidad) dignos de haber sido realzados, pero ya sé que tú me vas a decir lo de: “Gran cronista, como siempre, Tocayo”. Carlitos, como siempre ha puesto la guinda, con sus fotos y Rafa Vilas, la maestría de la maquetación.

Por cierto, camino de Plateros, coincidí con MAM (Aranda Madueño) en el autobús. Va tirando para adelante.

No voy a poner los nombres de todos, pues sería muy largo. Decirte, que fuimos unos cincuenta.

Hasta luego, tocayo. 


domingo, 7 de mayo de 2017

Reunión en Córdoba

“UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”

Rompiendo la magia onírica de la poesía lorquiana –y que Federico me perdone por la osadía-, Córdoba ya no está ni tan lejana ni tan sola. Una reunión largamente deseada para un día de convivencia entre antiguos amigos se había estado preparando durante el transcurso de un año. Lugar: el corazón de la ciudad califal. Había que llegar a Córdoba, estaba a sólo unas horas de camino de Madrid, de Cabra, de Alicante, de Aguilar de la Frontera e incluso de la propia ciudad en sí misma. Córdoba estaba cerca.

El encuentro definitivo se había decido que fuera en uno de los ombligos del Planeta: El Patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba; aún más concretamente, utilizando un golpe de zoom, como en un juego cineástico o de fotografía: la fuente del Olivo. Se desleía por los azahares y en el murmullo del agua una evocación de la tradición oral cordobesa en su imperturbable ritmo cadencioso:

“…A la fuente del olivo, madre, llévame a beber,
a ver si me sale novio que yo me muero de sed…”

Rumor en el ambiente. Sonaban los pasos y las voces de los turistas venidos de los cuatro puntos cardinales de la tierra que llenaban el patio de las abluciones de la Mezquita: era constatable que Córdoba tampoco estaba sola.

Pues bien, la cita había sido acordada para las doce horas del día veintitrés de abril del presente año 2017. Y, como sucedía en los aconteceres de la Comarca que nos describiera JRR Tolkien en el “Señor de los anillos” en su capítulo “UNA REUNIÓN MUY ESPERADA”, a la misma acudieron los amigos convocados con sus correspondientes compañeras: Pedro Calle y Mónica, Francisco Carrillo y Belén, Manuel Jurado y Manuela, Ángel Lucena e Inés, José Antonio Naz y Carmen, Antonio Roldán y Censi. Allí se encontraron, casi después de medio siglo, los viejos amigos que habían cursado juntos los estudios en los Seminarios de Santa María de los Ángeles y de San Pelagio. Allí se volvieron a reconocer. Allí fueron los abrazos y los besos y las sonrisas y las alegrías. El mediodía cordobés apretó también en su gozo y forzó al sol a que fuera pródigo de calor en esa jornada tan primaveral.

Con tan alegre camaradería se comenzaron a visitar algunos rincones entrañables de la Córdoba milenaria mientras se charlaba y se intercambiaban sonrisas y experiencias vividas en los años atrás: La Virgen de los Faroles de Julio Romero, la Calleja de las Flores donde el poeta y músico cordobés Ramón Medina nos prestara la voz para tararear una de sus composiciones:

“…Tienes cuerpo de guitarra con clavijas de claveles
tus rejas son los bordones y tus balcones caireles…”

La Judería, con su impronta indeleble, especial en nuestra geografía europea y con su sello casi atemporal donde los deseos se metamorfosean en nudos cartesianos para convertirse en realidades. Barrio difícil de transitar pero divertido por la cantidad de personas que lo andan, visitan y curiosean por sus estrechas callejuelas… Desembocamos en la Plaza del Cardenal Salazar, donde se encuentra la Facultad de Filosofía y Letras, lugar que recordamos con cariño pues también, algunos de nosotros habíamos estudiado en sus aulas. Es este un edificio dieciochesco que tuvo varias utilidades como Hospital de Agudos. Seguimos deambulando y salimos a la Explanada del Campo Santo de los Mártires, dejando a un lado el monumento a los Enamorados en memoria del amor entre el poeta Ibn Zaydun y la princesa Wallada. A nuestra derecha quedaban los torreones y almenas del Alcázar de los Reyes Cristianos.

Y llegamos a la calle Amador de los Ríos, la del Seminario de San Pelagio al que quisimos entrar pero no pudimos ya que sus puertas estaban cerradas a cal y canto. Allí tuvimos sesión fotográfica diversa con ayuda de los transeúntes. ¡Cuántos recuerdos agolpados en unos instantes, cuántas evocaciones ocurridas hacía cinco décadas, cómo habían cambiado los tiempos e incluso nosotros mismos, nos sonreíamos con ese rictus de serenidad que te dan los años y volvíamos a mirarnos como si con la complicidad de la mirada lo dijéramos todo! Todo en los recuerdos. Y es que en realidad somos inmanentes a los mismos. Cuando Ortega y Gasset decía aquello de “Yo soy yo y mis circunstancias” pudo muy bien añadirle a su sentencia “más mis recuerdos” pues circunstancias y recuerdos pretéritos forman y conforman nuestra realidad presente.

Desde este lugar, nos dirigimos al Barrio de San Basilio, por el mismo camino que hacíamos cuando íbamos por las mañanas al Instituto Séneca a estudiar PREU, corría entonces el curso académico 1970-71. Eran cerca de las dos y apetecía ya el refrigerio de la cerveza y la copa. 

Reanudamos la marcha y por la puerta de Caballerizas Reales nos adentramos en el embrujo de San Basilio, barrio concebido en siglo XIV al que se suele llamar también Alcázar Viejo y no sin razón pues fue construido con el fin de que una guarnición de ballesteros defendiese el vecino Alcázar Real. 

En el restaurante “La Bodega de San Basilio”, -ya se había encargado José Antonio- teníamos mesa reservada para el almuerzo. Era confortable el lugar y muy íntimo. En un rincón del mismo nos acomodamos y nos dispusimos para comer. Brindamos por nuestras esposas y compañeras y también por nosotros y por la alegría de aquel encuentro. Hablábamos, hablábamos… poníamos sobre la madera nuestros recuerdos, nuestras pequeñas aventuras acaecidas en los campos de Hornachuelos y en Santa María de los Ángeles; sus profesores, las aulas, las sotanas, las meditaciones… los secretos más ocultos de los cuales si Almodóvar hubiese conocido alguno, habría filmado y dirigido su mejor película… Y después de cuatro años en aquel lugar de Sierra Morena, la llegada a Córdoba, al Conciliar de San Pelagio… los nuevos profesores, las salidas a la ciudad a ver sus escaparates para detectar las novedades musicales del momento… nuestras excursiones particulares a las Ermitas… nuestros desplazamientos al Instituto San Fulgencio de Écija donde íbamos a examinarnos por libre de los cursos del Bachillerato para convalidar los estudios religiosos con los laicos, de los veranos en los pueblos… No dábamos abasto. Eran muchas vivencias rememoradas, unas placenteras y otras no tanto, que si después de haber abandonado el Seminario no hubiésemos practicado un acto de resiliencia, no habríamos podido encauzarnos libremente por nuestras vidas posteriores. Pero a veces, la memoria juega malas pasadas y, como acto de defensa, borra los recuerdos, los encierra dentro de su cofre con cláusula atemporal y es necesario que alguien encuentre la llave y nos ayude a abrirla, entonces se nos refresca la mente y recordamos. También puede suceder que en ese mundo del recuerdo aparezca el fatamorgana que nos obligue a contemplar el espejismo de aquella realidad que, a pesar de los pesares, fue la nuestra y nos ayudó a conformar nuestra personalidad.

Durante el café evocamos a los compañeros que ya habían fallecido como Juan Pedro Beteta y Francisco Delgado y nos preguntamos por aquellos de los que no habíamos vuelto a saber nada.

Así pasaba la tarde y la velada de sobremesa. Decidimos ir a otro sitio a tomar el refresco, la copa o el helado. Antes de abandonar el barrio de San Basilio, entramos a visitar uno de sus patios más típicos y más “chiquitos”. La señora de la casa tuvo la amabilidad de explicarnos los detalles y pormenores del mismo; nos decía con cierto deleite: “…pero no olviden nunca que detrás de cada patio se encuentra una familia, unas gentes que cuidan de su casa y que están vivas… ya ven cómo este patio no era tan chiquito…”

Atravesando de nuevo la Judería, venimos a dar con el entrañable recodo donde se encuentra la casa natal de Maimónides y el monumento que Córdoba levantó en su memoria, pues este judío nacido en el siglo XIII fue un médico, rabino y teólogo que influyó potentemente en la cultura intelectual de la Edad Media. La plaza donde se erige su estatua lleva el nombre de Tiberiades por ser el lugar donde el famoso cordobés murió. Parece que entre aquella fragancia de la Sefarad judía cordobesa queda flotando una de sus más famosas sentencias:

“…Son útiles o buenas las acciones que sirven a un propósito y lo alcanzan…”

Después pasamos al Zoco, edificio de estilo tardo-mudéjar del siglo XVI, donde visitamos sus tiendas y nos cobijamos al frescor de uno de sus deliciosos patios. Allí realizamos otra sesión de fotografías a nuestro grupo…

Dejamos atrás La Judería a través de la Puerta de Almodóvar y nos dirigimos al Mercado Victoria. Con el refresco en la mano y amparados por la sombra de sus jardines, continuamos con nuestra charla y convivencia.

El sol iba camino de su declinación y los minutos se precipitaban por el pretil de la tarde. Era la hora de la partida: Pedro y Mónica, Francisco y Belén, Manuel y Manuela, Ángel e Inés, José Antonio y Carmen, Antonio y Censi se despedían entre besos, abrazos y buenos deseos. Habría que repetir la experiencia, ya se había tentado el encuentro a la posibilidad. 

Amalia Seseña (Vda. de Paco Delgado)
Pedro Calle y Mónica,
Manuela y Manuel Jurado
Al lubricán, cuando el ambiente comenzaba a refrescar con la brisa, en la Plaza del Cristo de los Faroles, tres de las parejas que permanecieron en Córdoba tuvieron un encuentro con Amalia, la viuda de Francisco Delgado. Resultó un momento muy emotivo, especialmente cuando Manuel Jurado le hizo entrega de una credencial con fotos de su marido. 

Esta podría ser, en síntesis, la crónica de aquel día veintitrés de abril, en el que un grupo de antiguos amigos a los que nos unían inexcusablemente los lazos geo-espacio-temporales de Santa María de los Ángeles y San Pelagio, volvimos a reconocernos.

La panoplia de los sentimientos se abría y cerraba en abanico. La tarde bordoneó la cuerda de la amistad por el paradigma de los recuerdos.

Antonio Roldán García

jueves, 4 de mayo de 2017

ANDRÉS LUNA PRIETO

Andrés Luna Prieto
Córdoba, 4 de abril de 1951 - 3 de mayo de 2017


Mensaje póstumo de Andrés a los compañeros del
seminario de Santa Mª de los Ángeles (Hornachuelos)

Después de más de 50 años ha sido un honor y un orgullo volver a encontrarme con todos vosotros.
Os quiero a todos.
Esto no es un adiós pero un hasta luego.
Andrés Luna Prieto