Casa Pepe
Fuenlabrada (Madrid)
14 de marzo de 2026
61ª reunión del G. Madrid
Exactamente a los tres meses y un día, nos volvimos a reunir en la ya mítica “Casa Pepe”, lugar donde hemos compartido tantos momentos inolvidables.
El viernes 13 me acerqué al Centro de Salud para que me pusieran la segunda banderilla contra el virus de la varicela-zóster. –“Vamos a ver si la vacunita no me la juega mañana”-, pensé.
Me acuerdo, porque tengo pruebas fotográficas, de cuándo me atacó el zóster. Empezó, de forma silenciosa y traicionera, en la espalda; hizo un largo camino hasta llegar al ombligo, -tengo que decir, como curiosidad, que en mi ombligo puedo esconder perfectamente diez mil euros doblados-, y se desvió hacia mi alopécico vello púbico, donde, por fin, hizo “estación de penitencia”. Sólo me faltó emular al capataz de la Macarena: ¡”Ahí quedó.”! ¡Anda qué si le da por bajar más, menudo destrozo me hace!
Bueno, vamos a la crónica que luego me quedo sin papel.
El viernes informé al Jurado de que iba a utilizar mi coche para el encuentro, ya que llevaba bastantes días sin moverlo. Si hubiera alguna dificultad le llamaríamos con la suficiente antelación para la recogida. ¡Es un lujo tenerlos siempre operativos! Al día siguiente me levanté con décimas de fiebre y dolor de cabeza. No me dolía toda, porque entonces tendría que haber llamada a Urgencias. Hice una llamada a Manolo para decirle cómo me encontraba, pero tiré del “ardor guerrero” y, como buen infante del Cuartel de Lepanto, superé la prueba.
Llegamos los primeros y con bastante antelación. Hacía frío. Andrea y yo nos quedamos en el coche, como pareja de lagartijas, absorbiendo con fruición los rayos de sol. Pasaron unos minutos cuando un coche blanco aparcó más adelante. Eran Pilar y Antonio Porras. Después de los abrazos nos encaminamos al restaurante. Antonio, con el mejor estilo, hizo de camarero de las dos ninfas hasta que llegaron las demás. Enseguida dejó el relevo del servicio al Jurado. Es maravilloso observar que cada uno tiene una función que realizar en el grupo, como en las colmenas. Sé con exactitud quién es el zángano, pero no lo quiero revelar por secreto profesional. ¡Algo se me pegó en el Seminario!
Los primeros minutos los dedicamos a los saludos. Se nos notaba en las caras la alegría de un nuevo encuentro. En la barra, poco a poco nos íbamos poniendo al día de cómo nos encontrábamos físicamente. Después de saciar un poco la sed, pasamos al restaurante. Victoriano entró de los últimos y no ocultó su satisfacción al observar que todos siguen respetando su cátedra. Está ya institucionalizada, como los sillones reales del Palacio de Oriente o el escaño del presidente del Gobierno, por poner un ejemplo.
Antes de mirar el menú, Victoriano nos comunicó el fallecimiento de la madre de nuestra querida Cari, ocurrido hace unos días. Cari y todos sus hijos pueden estar orgullosos de la entrega y el cuidando que han ofrecido a su madre y abuela hasta sus últimos días. Que Dios la tenga en su Gloria para siempre.
La comida transcurrió sin sobresaltos. Me quejé tímidamente del poco “material” que se me estaba dando para la crónica. Antonio López, con la misma paciencia de siempre, abrió el despacho fiscal para ir contestando a todas las consultas que se le hacía, He pensado en comprar un dispensador de turnos, como en las pollerías, para que nadie se cuele. Quedamos todos satisfechos como “parvulillos” ante su maestro.
La comida siguió fielmente por los mismos derroteros de siempre: política, cuarto y mitad de “Los Ángeles”, algo de religión, algún chiste y salidas airosas que nos hacían reír a todos. Pensamos incluso en ir cambiando de restaurante. Creemos que ya es hora de buscar nuevos pastos.
La sobremesa fue larga y amena. Paco tenía la boca caliente, como los mulos, y no pudo comer sus deliciosas pipas. Hasta pidió al restaurante, el día anterior, que le preparan un caldo para el evento. ¡Las cosas de ser cliente vips! Antonio López, derrochando, sin darse cuenta, su humanidad, el Porras su gracia innata, el Jurado demostrando una vez más el dominio de nuestra ephemerides y el Victoriano controlando a la tropa, que no es poco.
Llegó la hora de la "levantá". ¡Estoy de un cofrade…! Hicimos la chicotá hasta la calle para hacernos la preceptiva foto de grupo y continuamos con los abrazos y besos de despedida.
¡Otro encuentro con el objetivo alcanzado: pasar juntos un día extraordinario!
Que paséis una santa Semana Santa, y sigáis siendo buenos.
Paz y bien.
Antonio Estepa Romero



