domingo, 28 de febrero de 2021

En recuerdo de Manuel Rafael Muñoz Medrán




“Dadme una túnica de lino

que calme mis hogueras”

(Pablo García Baena)

 

 




A MANOLO R. MEDRÁN


Otra vez, he caminado por la ribera

De esta vida, preñada de verdor cristalino y

salpicada por nubarrones de hojas caducas.

Otra vez, como saltamontes a mi paso,

ha brotado el clamoroso silencio de la ausencia,

haciendo enmudecer al bosque en su sonora alegría.

 

Me estoy quedando sin ropaje y tengo frío.

Se ha helado la sonrisa de mi cara y tengo frío.

Esta hoguera impasible, arrebatadora de mis sueños,

se ha aposentado como inquilino no deseado,

Usurpándome el calor de una querida presencia.

Sí, la tuya amigo Manolo.

Un favor amigo mío, si la ves, dile que tengo frío.

 

 

                                                    Andrés 28-2-2021

sábado, 13 de febrero de 2021

Palabras para Manolo Muñoz Medrán

Misa funeral, celebrada en la parroquia de Santa Mª Madre de la Iglesia, el martes, 9 de  febrero de 2021.


“Méteme Padre mío,
en tu pecho, misterioso hogar;
dormiré allí pues vengo
deshecho del duro bregar”.

Este hermoso final del poema de Unamuno titulado Salmo III y que figura en su sencillo nicho del cementerio de San Carlos Borromeo de Salamanca, nos puede servir para enmarcar la Eucaristía que nos proponemos a celebrar en recuerdo y memoria de nuestro querido Manolo.

Porque la vida del hombre, de cualquier hombre, también tiene su componente de brega, en ocasiones dura, en ocasiones más llevadera, pero siempre anhelante de un descanso, de un sueño finalmente reparador de todo lo pasado.

Un hombre de la talla intelectual de San Agustín ya dijo “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti.”

La muerte tiene dos puertas, una de entrada cuando vemos la luz por primera vez y otra de salida cuando la luz se apaga y entramos en el misterio de la eternidad.

El poeta lírico y el más grande de los poetas místicos, San Juan de la Cruz, ya nos prevenía de la oscuridad de la fe, cuando decía “Que bien se yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche” -nos dice y repite este estribillo al enumerar las principales verdades del dogma cristiano. Todo puede resultar oscuro, todo, como son las verdades de nuestra fe “Porque es de noche” como concluye el poeta de Fontiveros.

Manolo nos dejó pronto. Voló con la rapidez de un pájaro. La separación, aunque triste y dolorosa nos invita a los creyentes a entender las palabras de Cristo en la Cruz “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” El habrá premiado todas sus buenas obras, desvelos y trabajos realizados en la vida y gozará del privilegio de los que supieron amar y servir a los demás, ya que la muerte es parte de nuestra vida.

Manolo vivió siempre con la sonrisa en sus labios. Una sonrisa cuesta poco, pero vale mucho. Quien la da es feliz y quien la recibe la agradece. Dura solo un instante y su recuerdo perdurará toda la vida.

Descanse en paz.

Antonio Pedro Llamas Trujillo

Córdoba, 9 de febrero de 2021

Con estas palabras se dirigió a los presentes, nuestro superior en Santa Mª de los Ángeles y siempre amigo, Antonio Pedro Llamas Trujillo, en el funeral celebrado por nuestro compañero Manuel Rafael Muñoz Medrán Q.E.D.

Quede aquí su testimonio en el manuscrito que nos ha hecho llegar a través del compañero Francisco Moreno Osuna.

martes, 2 de febrero de 2021

Ya se van reuniendo... Y nos esperan


La foto tiene ya unos años. Salta a la vista. No creo siquiera que hubiesen llegado los móviles. Por la indumentaria que gasta el personal no podría asegurarlo. Alguien sostiene en su mano un tomavistas de los de antes. Una fotografía antigua en papel cuché con los bordes dentados. Luego, con el tiempo, se ha reproducido en formato digital circulando libremente por los WhatsApp de la gente cercana. Debió ser por enero de un año incierto en que se adelantaron las mimosas.

Veintitantos hombretones, ya bien cuajados, se han arremolinado para salir presentables y sonrientes. Sobre todo, sonrientes. Parece el porche de una casa grande. Porche amplio y sencillo, adornado de gitanillas, donpedros y buganvillas, en lo alto de las escaleras que bajan hasta el jardín. Ni una mujer. Se conoce que ellos han querido inmortalizar el instante. Ellos solos, los primitivos, los pioneros. Las mujeres vinieron mucho después. Están de cafelito en el césped, pasándose apuntes de la receta del lomo al queso, o de chismorreo mientras desgajan ramilletes de la mimosa, toda de oro. La foto gusta por la luz y el optimismo que desprende. La viveza y expresividad de los rostros hablan a las claras de una generosa comilona a barba bien regada. Y ya, la tarde espléndida que empieza a declinar.

Es muy probable que se trate de un encuentro de antiguos alumnos. Casi seguro. Medio escondido abajo de la foto se ve un hombre más mayor, alguno de sus profesores. Tiene cara de cura, oye. Se está perdiendo esa expresión (¡hay tan pocos curas...!), pero antes se decía mucho: "tiene cara de cura". De mí mismo lo han dicho. Tanto saquito de cuello a la caja, y tan repeinados -muchos conservan aún sus flequillos- huele un montón a seminario. No sé...

Hay algo en ella, en la foto, que no encaja. A primera vista pasa desapercibido, pero si uno la repasa hombre a hombre... Y la cosa es que está en todo el centro. Pareciera hecho a propósito. Una vez que lo percibes, te impacta. Se trata de un hombre enjuto, a quien claramente la ropa sobrante delata su delgadez, más si se compara con las excedencias adiposas en los perímetros de los demás. Intenta disimular su desánimo con una medio sonrisa impostada. Y entonces, la foto parece cobrar vida y transportarte a ese sábado fresquito y luminoso de invierno. Y ya no eres tú quien mira la foto; es ella quien te mira a ti. Y él, el hombre taciturno, lo hace más que ningún otro. Una vez que te ha pillado, quedas atrapado. Es una mirada lejana, triste, ausente... Una mirada de miedo. Acaso hubo un tiempo, no tan lejano, en que esos ojos pequeños y fruncidos inundaban el entorno de viveza y empuje; mostraban ganas y ambición; se ilusionaban con los goles del Barsa y se enfurecían hasta la ira con los golpes pifiados de su tenis ramplón, "porquería de raqueta"... ¿Qué ha pasado en tan breve tiempo? 

Todos lo saben. Quizás hayan celebrado este encuentro para arroparlo en su melancolía. Que note, quién sabe si por última vez, el calor de los que han sido suyos desde niños.

Sí, por última vez... Fue aquélla la primera reunión de los antiguos curillas, organizada para arropar a ese compañero que se nos iba a ojos vista.

Antonio Lara Castro fue de los primeros de los nuestros en caer. Murió en mis manos. Literalmente. Gocé del privilegio de atenderlo hasta el último suspiro. Seguramente le tendrían guardado un sitio allá arriba Luque y Mérida, unos adelantadillos. Siguieron luego la estela Pedro Beteta, Manolo Estepa, Buenaventura Delgado, Paco Delgado, Rafalito García, Valerio, Juan Navas, Andrés Luna, Alfonso Torrico, Rico Pérez, Aranda, Antonio Molina... Y ahora, el bueno de Manolo. Y unos cuantos de nuestros curas. Un montón de gente nuestra, joer.

No podemos extrañarnos. Vamos camino de los setenta. Cierto que, sin querer, nos ponemos la meta en los noventa, pero sabemos que no todos vamos a llegar. Por lo que conozco de vosotros, creo que hemos cumplido. Sentimos haber hecho nuestra parte, aquello de habernos realizado, que se decía in illo témpore. De manera que estamos listos para partir aunque no tan ligeros de equipaje corporal como deseara para sí el poeta. Listos, pero abundosos. Listos, pero recelosos. Tú, primero; no, pasa tú; que no hombre, que no, tú has llegado antes... Personalmente, os confieso que no me importaría ser el que cierre. Aunque luego, allá arriba, me digáis maricón el último. Alguna vez habrá que romper.

Cuidaros mucho, amigos míos.