jueves, 3 de diciembre de 2020

Filosofía Cuántica a la sombra de un limonero enano

Adiós al 2020

El virus obliga a buscar soluciones sensatas, para garantizar un futuro más estable a las siguientes generaciones. 

A las cinco en punto de la tarde entrábamos en el piso, lo primero fue abrir la persiana de la terraza por donde enseguida entró a raudales la claridad del sol, al fondo se veía diáfana la plácida ladera serrana bajo un cielo azul luminoso, y más a la izquierda frente al templo expiatorio del Sagrado Corazón, la Torre Collserola.     

En la terraza, el verde de las plantas rodeaba un pequeño campo de batalla, en el que aun quedaban desperdigados algunos cuerpos inertes y mucha indumentaria militar. Una explosión habría levantado del suelo los restos de un fuerte, depositando sus enseres y armamento entre las plantas, y sobre las ramas de un pequeño limonero. 

Solo pude ver enteros un par de jinetes, que cabalgaban entre los matorrales al pie del enano árbol. Me quedé unos instantes contemplando los despojos de la batalla, tratando de imaginar el tipo de enemigo que arrasó la fortaleza, y que con una descomunal fuerza, lanzó sobre las macetas una parte de la empalizada, enganchando en las ramas del cítrico todos aquellos aperos, tablas, cajas y utensilios. 

Enseguida oí una voz que me dijo: Juan recoge los juguetes de los nietos antes de que vengan los del gas. Con calma me dispuse a cumplir aquella orden, cuando sobre las cabezas de los jinetes y la mía, pasó una rápida sombra que nos puso en alerta. 

En el comedor se oían las noticias de la TV, mientras mi mujer preparaba en la cocina la cafetera y unas tazas, fue entonces cuando los dos al unísono oímos dentro de la casa aquel zumbido apagado. Era un abejorro que parecía un helicóptero, iba muy tranquilo repasando los libros, y retratándolos con sus aplanados ojos. 

Un negro abejorro peludo que vimos con sorpresa desplazándose, oliendo todo con sus curiosas antenas. Seguro que buscaba algo para comer. 

Recuerdo que mi tío Luís un día me llevó a castrar sus colmenas, él trataba a las abejas con naturalidad, y con las manos desnudas las apartaba sin miedo. 

Decía que era un ganado muy inteligente, que podían distinguir entre las personas habituales que las cuidaban, y la mano de alguien que viniera a dañar la colmena.   

Con un trapo de cocina y sin brusquedad, me acerqué al abejorro espantándolo hacia la terraza, pero el bicho no hacía caso y se metía hacia el pasillo. Allí había menos luz y quizás por eso, el animal se fue bajando hasta el suelo en donde se posó muy despacio, luego comenzó a andar torpemente hacia las habitaciones. 

Yo aproveché la ocasión para lanzarle encima el trapo, el primer impulso que tuve fue el de pisarlo y tirarlo al cubo de la basura, pero recordé lo dicho por mi tío Luís de sus abejas. Sentí como un ruego interior de no hacerlo, ya que matar un ser inocente por un por si acaso, debe ser para la Naturaleza algo muy grave. Una tormenta que es mejor no despertar. Un ojo por ojo que a la larga se nos puede volver en contra. 

El abejorro quizás guiado por el olor, entró en el piso sin reparar en nada prospectando como hacen las abejas, y no para picar a nadie. 

Así que lo cogí envuelto en el trapo, y al pasar junto a la mujer le acerqué la mano a la cara, los dos oímos claramente un minúsculo chillido parecido a un grito de auxilio que emitía el abejorro. Estaba implorando por su vida intuyendo su final, al verse atrapado en la tela. Aquella angustia y su llamada de socorro, nos dio algo de lástima. 

En la terraza sacudí el trapo suavemente y de inmediato, el avispón apareció flotando en el aire muy nervioso ante la cara, parecía querer lanzarse sobre mi. Quieto agité el trapo para ahuyentarlo, y debió dar un par de vueltas alrededor como para orientarse, pero no quise dejarle entrar otra vez, o darle un golpe. Entonces él se fue hacia afuera, y haciendo un giro en el aire como saludando, decidió dentro de su cabeza metálica de insecto, que mejor era olvidarlo e irse. 

Salió disparado como una flecha, y en dos segundos desapareció de mi vista, volando en paralelo a lo largo del edificio. 

Mientras esperábamos a los técnicos del gas, en la TV se oían las últimas noticias. El virus avanzaba desbocado, contaminando cada día a más gente, en Europa ya se había superado la barrera del mínimo admisible, y el gobierno se estaba planteando volver al confinamiento anterior. Mientras salían imágenes de unos jóvenes irresponsables que se iban de fiesta, y de algunos manifestantes que reclamaban más libertad ante la policía, rompiendo el mobiliario urbano y saqueando los comercios. 

Esta sociedad en precario, se ha ido derivando hacia una mentalidad obsoleta, que no quiere aceptar la realidad de un virus, que nos está esquilmando. 

No somos de hierro, y nuestra frágil naturaleza la hemos de defender cada día a costa de un esfuerzo sanitario, con trabajo y disciplina social, como hacen las gentes de algunos países en otras latitudes. 

En los hospitales las UCI ya están llenas, y aumentan la cantidad de los fallecidos. Por eso no se entiende que mucha gente irresponsable se vaya de borrachera. Todos somos parte de la Naturaleza, y al igual que las plantas y animales, estamos sometidos al mismo proceso de selección. El ser Humano en el Planeta ante los virus y bacterias, no es diferente al resto de criaturas, animales o plantas. 

Aquel abejorro pudo picarme, pero como dijo mi tío Luís, debió intuir que yo no tenía mala intención, y por eso al final no lo hizo. Mirándolo de cerca volando ante mi cara, me pareció escuchar sus pensamientos en aquellos escasos segundos. Cualquiera tiene un mal día debió pensar el abejorro. Cuando en un momento dado y mientras él se iba paseando tranquilo entre las flores del limonero, llegó una torpe criatura que lo espantó hacia el interior de la vivienda, y allí después de acosarlo, lo agarró con un trapo y trató de asfixiarlo: Los Humanos están todos muy locos y son gente peligrosa. 

Las abejas y abejorros ya existían hace unos 80 millones de años, mucho antes de que apareciera la raza Humana, y sin embargo hoy se están extinguiendo. 

Por fin llegó el técnico que solicitó repasar los tubos del gas, ya más tranquilo después de ver marchar al abejorro, lo llevé hasta la cocina y mientras tanto, miré distraído los libros del comedor. Entre ellos descubrí el lomo de aquel delgado libreto de memorias, que en su día le regalé a los hijos. Allí estaban las fotos y recuerdos de la familia desde mi nacimiento, las imágenes de los años jóvenes, la mujer y los hijos. 

Me vi arando con la yunta los olivos en la sierra, o en la fragua del pueblo junto a Paco y Antonio, batiendo sincronizados con el mallo las solapas al rojo vivo soldadas a las rejas, bajo las órdenes de Juan el maestro herrero. 

Nunca pude imaginar que me cambiaría la vida aquel curso 1966/67, gracias al gesto de D. Antonio, el cura adjunto de la parroquia. Y de Dª. Carmen Muñoz una señora del pueblo, que de una forma altruista y gentil, se hizo cargo de pagar todo el gasto del curso en el Seminario Menor de los Ángeles. En aquel Internado pude completar lo aprendido en el pueblo, de la mano de aquellos superiores que me enseñaron además del Credo, latín, filosofía, ciencias y matemáticas. 

Mucho tiempo después pude repasar aquellas fotos como un viajero del tiempo, y revivir las etapas de este viaje, con la calma necesaria para ver el objetivo de esta historia en su tramo final. 

Las abejas siguen haciendo miel, y al igual que los abejorros no han roto un plato en su vida en 80 m/a. Las Criaturas Humanas que llevamos bastante menos tiempo, ya hemos hecho varias guerras mundiales, llegado a la Luna, y contaminado todo el Planeta. 

Con el Universo por descubrir, aun seguimos atascados en la disputa por cubrir el liderazgo de la manada, miopes ante el desafío del siguiente peldaño de la Historia, que no irá de fuerza bruta, sino de razón, inteligencia y valores morales. El Credo que nos enseñó Cristo desde la Cruz, ya nos mostró una alternativa al eterno enfrentamiento por el poder, en este enorme laboratorio autogestionado que es el Planeta: Un camino de compasión, solidaridad, inteligencia, afecto, integridad, y generosidad. 

Algunas pinceladas de poetas 

-Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos, incomprensiones y períodos de crisis. Ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar para adentro de su propio ser. 

Ser feliz es dejar de ser víctima de los problemas y volverse actor de su propia historia. 

-De vez en cuando hay que hacer una pausa. Contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana. Examinar el pasado rubro por rubro, etapa por etapa, baldosa por baldosa. 

Y no llorarse las mentiras, sino cantarse las verdades. 

Mario Benedetti 

En estos pocos años que se pasaron volando, pude reunir junto a las lecciones que me dio la experiencia de la vida, algún consejo de personas sabias. En este fin del año 2020 

deseo a todos un mejor futuro, y un próspero Año Nuevo. 

Juan Martín

Barcelona, diciembre de 2020